Contrato social y el origen del estado
Muchas veces se suele defender la existencia del Estado mediante lo que se conoce como el contrato social, argumentando que nosotros, de forma voluntaria, terminamos creando al Estado y, por ende, aceptamos sus implicaciones, como el monopolio de la violencia. Considero que la teoría del contrato social no es errónea, sino directamente sin sentido, y en el presente trabajo buscaré explicar el porqué. Definiremos el contrato social, su invalidez y otros puntos que considero importantes sobre la temática.
¿Qué es el contrato social? Las perspectivas de Hobbes, Locke y Rousseau
Podemos definir al contrato social como la teoría política y social que busca dar origen y legitimidad al Estado mediante la supuesta firma de un pacto entre los distintos miembros de una sociedad, creando así la unidad de dominación que posee el monopolio de la violencia en un determinado espacio geográfico, conocido como Estado. Esta idea del contrato social surgió por parte de un grupo de filósofos a los que se les denomina “contractualistas”. Este grupo se compone de tres filósofos muy distintos entre sí.
El primero de ellos es Thomas Hobbes, quien fue el precursor de la idea del contrato social. Hobbes, probablemente influenciado por el estado de guerra en el que se encontraba Inglaterra en ese momento, como lo afirma Adam Smith en su libro “La teoría de los sentimientos morales” (1759), argumenta que en la naturaleza la humanidad es autodestructiva, sosteniendo que "el hombre es lobo del hombre". Con estas ideas, Hobbes escribe en 1651 su libro “Leviatán”, defendiendo la idea de la naturaleza salvaje del hombre en estado natural y abogando por un Estado monárquico absolutista que regule y controle todos los aspectos de la vida social con el fin de civilizar al hombre. Podemos sintetizar esta idea diciendo que, para Hobbes, el hombre es malvado por naturaleza y el Estado y la sociedad son quienes deben volverlo civilizado.
El segundo de los contractualistas en aparecer fue John Locke, el primer liberal y padre de la doctrina, quien dista mucho de Hobbes en su idea del Estado y la humanidad. Locke defiende la idea de que el hombre sin Estado es feliz y libre, pero señala que existe un problema: la ausencia de una autoridad que defienda la vida, la libertad y la propiedad de los hombres hace que este estado sea incompleto. Dicho esto, Locke aboga por un Estado que intervenga lo menos posible en la vida de los individuos, permitiéndoles ser libres y protegiendo únicamente su vida, su libertad y su propiedad. Aquí ya vemos una gran diferencia con Hobbes, quien abogaba por un Estado absolutista, lo cual es completamente contrario a la idea del padre del liberalismo político. Es importante mencionar que las ideas de Locke más tarde serían complementadas, en mi punto de vista, por la obra de Adam Smith, dando origen a lo que se conoce como liberalismo clásico.
El tercero y último contractualista es Jean-Jacques Rousseau, quien quizás tiene la postura más radical de los tres. Rousseau sostiene que el hombre por naturaleza es bondadoso; sin embargo, la sociedad es la encargada de corromper el buen corazón de los individuos, generando actitudes repudiables. Con esto en mente, el autor suizo escribió su libro “El contrato social” (1762), argumentando que el egoísmo, la falta de empatía, la injusticia y todas las actitudes negativas son las que corrompen a los hombres, quienes en su estado natural son bondadosos. A partir de esto, Rousseau defiende la idea de una dictadura de las mayorías, donde las decisiones del Estado se tomen por democracia directa y se elimine la propiedad privada, ya que la considera la raíz de la desigualdad y la injusticia, y, por ende, la corrupción de la humanidad. Encontrar un paralelismo con la realidad es complicado, aunque quizás la etapa de El Terror durante la Revolución Francesa sea lo más similar.
La invalidez del contrato social
Ahora bien, teniendo en cuenta que el contrato social supuestamente surge de la firma voluntaria por parte de los miembros de la sociedad, y por ende es supuestamente un contrato como cualquier otro, deberíamos analizar los elementos de un contrato para ver si efectivamente el contrato social los cumple.
Existen tres puntos con los que debe cumplir un contrato para ser válido, los cuales son: ser voluntario, explícito y revocable en caso de que alguna de las partes lo desee.
Si analizamos el primer punto, nos damos cuenta de que no hay tal cosa como un contrato voluntario para la formación del Estado. La razón es simple y la explicaré con un ejemplo: supongamos que una ciudad, un barrio o un individuo desea separarse del Estado y vivir autónomamente, ¿acaso puede hacerlo? Por supuesto que no, y esto va más allá de la libre determinación de los pueblos. Si el Estado fuera verdaderamente voluntario, yo debería poder salir de él, inclusive si fuese yo solo, sin un pueblo que me respalde.
El segundo punto es incluso peor. Les pregunto: ¿acaso todo el mundo está enterado de la existencia de este supuesto contrato social? Evidentemente no, porque esté, en el caso hipotético de que exista, es tácito, es decir, se asume que está ahí. Esto lo hace inmoral, incluso peor que la esclavitud, porque al menos el hijo de un esclavo sabe que está en esa situación porque alguien lo compró. En cambio, el contrato social nos vuelve esclavos de una organización inherentemente corrupta sin darnos un porqué más allá del supuesto contrato social.
El tercer punto es el que más evidentemente no se cumple. El Estado no puede revocarse por el mismo motivo por el cual no es voluntario. El hecho de que yo no pueda salir de él ni revocar al mismo, hace que no sea voluntario y viceversa. En realidad, el Estado no es más que una organización tiránica que es irrevocable por voluntad de las partes involucradas, al menos de forma rápida.
Una vez analizados todos estos puntos, nos damos cuenta de que el contrato social, de existir, es inválido, pues no cumple con ninguno de los puntos que dotan de validez a un contrato. Ahora bien, surge una nueva pregunta: ¿cómo surge el Estado?
El auténtico origen del Estado que demuestra su naturaleza violenta
Desde mi punto de vista, la versión más acertada sobre el origen del Estado, dentro de lo que conozco, es la de Hermann Heller. A grandes rasgos, Heller dice que el Estado surge por la necesidad de administrar y organizar la convivencia de los seres humanos, naciendo de procesos históricos como los conflictos y luchas entre pueblos.
Dicho esto, y teniendo en cuenta la definición de Estado de Weber, podemos afirmar que el Estado se impone violentamente con el fin de dominar un determinado territorio, ya sea por simple ambición o por la obtención de recursos.
Conclusión
Dicho todo esto, queda claro que el contractualismo no solo es una mentira, sino que inclusive es absurdo creer en él. Expusimos que es inválido como contrato, pero lo más importante es que demostramos lo que considero el auténtico origen del Estado. En conclusión, el Estado es una organización inherentemente violenta, que se forma por la imposición y no por un acuerdo, lo que nos lleva a considerarlo nuestro enemigo.
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