Cuando el liberalismo se empezó a llamar derecha
En el último tiempo se ha potenciado un fenómeno del lenguaje y del discurso político que, si bien ya existía, no resultaba tan peligroso como lo es hoy por una serie de motivos. En esta ocasión me estoy refiriendo a la utilización del término liberal o libertario para hacer referencia a la derecha política. Si bien, a riesgo de ser reiterativo, esto ya ocurría antes, la figura del presidente Javier Milei ha traído consigo un condimento que agrava esta situación: el hecho de él mismo definirse como liberal libertario y decir que encarna a la derecha.
Previo a esto, prácticamente cualquier liberal que poseyera influencia decía que, al poseer tal ideología, no se correspondía ni con un lado del espectro ni con el otro, sino que ambos eran, en última instancia, colectivistas. Este cambio en el discurso resulta peligroso, pues a partir de ahora hay una nueva barrera que cruzar: la del discurso de aquellos que se hacen llamar aliados y seguidores de la doctrina a la vez que se denominan derechistas.
Si recordamos, durante la campaña política hacia la presidencia de Javier Milei e inclusive previo a esto, durante sus apariciones televisivas donde construyó su imagen pública, el mismo solía repetir con una frecuencia bastante notoria un enunciado de una forma similar a la siguiente: «Los libertarios no somos de derecha ni de izquierda. Alguien de izquierda sería alguien a quien no le importa con quién te acuestas, pero sí con quién comerías; alguien de derecha, a quien no le importa con quién comerías, pero sí con quién te acostás; al liberal no le importa ninguna de las dos». Esto a modo de paráfrasis.
El cambio discursivo aquí es notorio, pues el propio presidente comparte seguidamente en sus espacios de redes sociales imágenes donde a la oposición no se la define como colectivismo ni como antiliberal, sino como izquierda, y al aliado se lo hace llamar derecha.
A esto debemos sumarle la cantidad de aliados conservadores e intervencionistas del señor presidente, a quienes él mismo salió a defender en diversas ocasiones. El más destacado de estos, sin dudas, debe ser el actual presidente de los Estados Unidos, Donald Trump. El mismo que protagonizó un escándalo enorme por presentar dos tablas repletas con nombres de países a los cuales se les imponían aranceles semejantes a los de la era de mayor auge del mercantilismo.
Esta fue una estrategia criticada por todo el libertarismo, el liberalismo y cualquier corriente que defiende el respeto irrestricto al proyecto de vida del prójimo. No obstante, el señor presidente la defendió como una supuesta estrategia de geopolítica. Yo no niego dicha afirmación, pues lo más probable es que lo haya sido. Ahora, no por eso significa que poner impuestos al comercio esté bien, ni mucho menos que sea coincidente con el espíritu liberal.
Ahora bien, el presidente Milei no es el único que sostiene este discurso. Pues sería muy ingenuo de mi parte hacer semejante aseveración. Otros grandes culpables de esto son los propios derechistas, al colocar al liberalismo dentro de su espectro, logrando cambiar la imagen popular en gran medida debido a su mayor influencia respecto de la de los liberales puros.
También podemos atribuirle parte de la culpa a la estrategia utilizada por varios seguidores del respeto irrestricto al proyecto de vida del prójimo al buscar aumentar su popularidad y la de sus ideas acercándose a espacios conservadores, nacionalistas o tradicionalistas en pos de derrotar al enemigo común: la izquierda, que ha dominado los espacios electorales durante prácticamente los últimos quince años alrededor de gran parte del mundo.
Esta estrategia acarreó consigo determinados cambios en el discurso de estos liberales que los volvieron más coincidentes con la derecha. De tal modo es que se consolidó una idea popular que ya existía desde hace tiempo y que hoy es más fuerte que nunca.
Sin embargo, quizás el factor más relevante no sea el de los intelectuales ni las figuras públicas, sino uno mucho más ligado a la población común. Y es que me estoy refiriendo a aquella población que se define como liberal o libertaria únicamente por defender algunos principios básicos del liberalismo económico, mientras que en lo social y lo político son conservadores o nacionalistas, pues consideran que el liberalismo no es más que una simple mención económica, cuando abarca aspectos políticos y sociales, además del mero ápice que es lo económico dentro de la teoría liberal.
Y es que resulta que la labor de los académicos de nada sirve si la población no adhiere al pensamiento. Y si la población crea el suyo propio, este terminará por prevalecer. No obstante, si ambos convergen en una idea, esta se volverá prácticamente invencible. Siendo esta premisa especialmente peligrosa cuando nos referimos a concepciones erróneas como esta a la cual nos estamos refiriendo.
Como modo de cierre quisiera simplemente esclarecer que no me opongo a que los liberales busquen aliados en sectores derechistas, pues la realidad es que el número de liberales puros es sumamente escaso y la búsqueda de aliados es ya prácticamente una necesidad fisiológica para el pensamiento. No obstante, considero, y estoy convencido de ello, que el no marcar diferencias y asumir una hipotética igualdad termina generando más daño a largo plazo que bonanza en el corto.
También quiero hacer un llamado a recuperar el discurso liberal de no ser ni izquierda ni derecha. Pese a los aliados que existan, marcar las diferencias no nos vuelve enemigos; nos vuelve individuos, que es lo que el liberalismo defiende. Aquel que no admita objeciones para mantener una alianza no es un aliado. Por el contrario, es un actor político al cual no se le debe obedecer. Pues los liberales podremos ser pocos, pero no somos como perros que siguen y siguen al amo. Algo que caracteriza a quienes defendemos la libertad es que no somos manada. Eso es lo que hace tan rico nuestro pensamiento y no debemos abandonarlo por unos meros votos.
Recordemos la premisa antes mencionada: de nada sirven las palabras de los académicos cuando el pueblo constituye su propio pensamiento. De nada servirá tampoco el discurso de los políticos si dentro del liberalismo no logramos penetrar en el pensamiento de la sociedad, generando una revolución cultural que conduzca finalmente al mundo a ser libre. Sin embargo, esta tarea será tardada; no por eso debemos dejar de llevarla adelante.
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