Constitución de Adorno
En cada apertura de sesiones legislativas, en cada asunción presidencial y en cada acto donde un funcionario jura su cargo, la Constitución Nacional debería ser el centro de la escena. No es un simple libro ni un requisito protocolar: es la ley suprema de la Nación, el pacto que organiza el Estado argentino y garantiza los derechos y libertades de todos los ciudadanos.
Sin embargo, con el paso de los años se volvió cada vez más frecuente que algunos funcionarios agreguen frases o dedicatorias al momento de prestar juramento. Se escucharon fórmulas como "por Perón", "por Evita", "por Néstor y Cristina", "por Cristina", "por Palestina", "por Dios y la Patria", e incluso otras referencias ideológicas o religiosas. Cada caso genera debates y controversias.
Más allá de la legalidad de esas expresiones, surge una pregunta de fondo:
¿no se está desvirtuando el verdadero sentido del juramento?
La Constitución Nacional no pertenece a un partido político, a un movimiento social ni a una ideología. Tampoco representa únicamente a un gobierno de turno. Representa a todos los argentinos, sin importar cómo voten, qué religión profesen o cuáles sean sus ideas.
La tradición constitucional argentina tiene raíces profundas. La Constitución de 1853, inspirada en gran medida por las ideas de Juan Bautista Alberdi, permitió sentar las bases institucionales del país moderno, promoviendo el sistema republicano, la división de poderes y un marco jurídico que favoreció el desarrollo nacional. Desde entonces fue reformada en distintas oportunidades, siendo la última gran reforma la de 1994, pero su esencia como norma suprema permanece intacta.
Cuando un funcionario parece colocar por encima de la Constitución la figura de un líder político, una causa internacional o cualquier otra bandera, muchos ciudadanos interpretan que el compromiso deja de ser con toda la Nación para pasar a ser con un sector determinado.
Esto no significa que una persona deba renunciar a sus convicciones personales. Cada funcionario tiene derecho a tener ideas políticas, religiosas o filosóficas. Pero el momento del juramento institucional debería simbolizar el compromiso con las reglas comunes que permiten convivir en democracia.
La Constitución no es de derecha ni de izquierda. No es peronista, radical, libertaria, socialista ni kirchnerista. Es el marco legal que limita el poder del Estado y protege los derechos de todos.
Quizás el mayor homenaje que puede hacerse a la democracia argentina no sea agregar nombres o consignas al juramento, sino cumplir verdaderamente aquello que se promete: respetar y hacer respetar la Constitución Nacional.
Porque las personas pasan, los gobiernos cambian y las ideologías se alternan. La Constitución, en cambio, debería seguir siendo el punto de encuentro que une a todos los argentinos.
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