LA MENTIRA PERFECTA

La propaganda moderna ya no necesita convencer a todos. Le alcanza con instalar una idea, repetirla hasta el cansancio y lograr que millones de personas la acepten como una verdad evidente.

En 1922, el periodista y pensador estadounidense Walter Lippmann publicó Opinión Pública, una obra que cambió para siempre la forma de entender la comunicación. Su idea era simple y revolucionaria: las personas no reaccionan únicamente frente a los hechos, sino frente a la imagen que construyen de esos hechos. Muchas veces esa imagen proviene de los medios de comunicación, de los líderes de opinión o, en la actualidad, de las redes sociales.

Décadas más tarde, la psicología describiría un fenómeno conocido como efecto de verdad ilusoria. Cuanto más se repite una afirmación, más familiar resulta y mayor es la probabilidad de que muchas personas la consideren verdadera, incluso cuando las pruebas son débiles o inexistentes. La repetición puede ser una herramienta extremadamente poderosa.

Ese principio fue entendido mucho antes por Edward Bernays, considerado uno de los padres de las relaciones públicas. En la década de 1920, la empresa American Tobacco enfrentaba un problema comercial: socialmente estaba mal visto que las mujeres fumaran en público. Bernays no intentó convencerlas con argumentos médicos ni con publicidad tradicional. Transformó el cigarrillo en un símbolo de emancipación femenina. Organizó un desfile en Nueva York donde varias mujeres encendieron cigarrillos frente a fotógrafos y periodistas. La campaña fue presentada como una expresión de libertad. Las ventas crecieron porque el producto dejó de venderse como tabaco y comenzó a venderse como una emoción.

La misma lógica apareció décadas después en uno de los episodios más conocidos de la propaganda de guerra.

En 1990, una adolescente identificada únicamente como Nayirah declaró ante un comité del Congreso de los Estados Unidos que soldados iraquíes habían sacado bebés de incubadoras en hospitales de Kuwait y los habían dejado morir sobre el suelo. Su relato conmovió a la opinión pública y fue citado por dirigentes políticos y medios de comunicación para justificar una intervención militar.

Dos años más tarde se conoció que Nayirah era hija del embajador de Kuwait en Washington y que su testimonio había sido organizado con el apoyo de la firma de relaciones públicas Hill & Knowlton. Diversas investigaciones concluyeron que aquella historia no había sido corroborada y que desempeñó un papel importante en la construcción del respaldo político a la guerra.

Otro caso ocurrió en Sudáfrica durante 2016. La consultora británica Bell Pottinger diseñó una campaña para instalar en el debate público el concepto de "white monopoly capital". Investigaciones posteriores concluyeron que se utilizaron cuentas falsas y estrategias coordinadas para amplificar ese mensaje en redes sociales, hasta el punto de influir en la conversación política del país. El escándalo terminó con sanciones profesionales a la consultora y, finalmente, con su desaparición.

A simple vista parecen episodios completamente distintos. Sin embargo, todos comparten un mismo patrón.

En ninguno de ellos el elemento central fue una mentira sin sentido. Lo que se utilizó fue una emoción auténtica. La búsqueda de igualdad, la protección de los niños o la lucha contra la injusticia son causas legítimas. Precisamente por eso resultan tan eficaces cuando alguien intenta construir un relato alrededor de ellas.

La propaganda más exitosa rara vez inventa desde cero. Generalmente toma un hecho real, una preocupación existente o un problema verdadero y lo amplifica, lo simplifica o lo presenta de manera selectiva hasta convertirlo en una narrativa difícil de cuestionar.

En la actualidad, ese fenómeno se potencia gracias a las plataformas digitales. Investigadores, universidades y organismos especializados han documentado la existencia de redes coordinadas de desinformación, cuentas automatizadas y campañas destinadas a influir en la opinión pública sobre asuntos políticos, económicos y sociales. La velocidad con la que circula la información hace que un mensaje pueda llegar a millones de personas antes de que exista tiempo para verificarlo.

En ese contexto, algunos observadores sostienen que determinadas narrativas sobre Argentina o sobre Lionel Messi responden a mecanismos similares: la repetición constante de ciertos mensajes, la amplificación de episodios puntuales y la construcción de una imagen negativa que luego se reproduce en distintos espacios. Esa interpretación forma parte del debate público y no prueba, por sí sola, la existencia de una única campaña coordinada. Sin embargo, sí invita a preguntarse cómo se forman hoy las percepciones colectivas.

La mejor defensa frente a cualquier intento de manipulación no consiste en aceptar automáticamente aquello que confirma nuestras creencias ni en rechazar toda crítica. Consiste en hacer preguntas, buscar contexto, contrastar fuentes y comprender que una historia repetida miles de veces no se vuelve verdadera por la cantidad de veces que se escucha.

Porque la propaganda del siglo XXI ya no necesita censurar información. Le alcanza con lograr que una versión de los hechos ocupe todo el espacio disponible.

Y cuando la emoción reemplaza al análisis, el relato suele imponerse sobre la realidad.

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