La Sociedad de los Mediocres

"Antes presumíase que para gobernar se requería cierta ciencia y arte de aplicarla; ahora se ha convenido que Gil Blas, Tartufo y Sancho Panza son los árbitros inapelables de esa ciencia y arte."

— José Ingenieros

La degradación de la moral y la pérdida de valores llevan a las sociedades a su decadencia, y esta comienza cuando se selecciona a los mediocres para encomendarles el destino de la patria.

Situémonos en nuestra amada República Argentina. Durante el comienzo del nuevo siglo, el país ha sido víctima de la corrupción, la manipulación de masas y gobiernos que sacrifican el futuro de una nación por una victoria electoral y por cargos públicos. El funcionario ya no es un estadista, un hombre autocrítico, formado, empleado para el servicio público. La política dejó de ser un servicio a la nación hace mucho tiempo y pasó a ser una profesión plagada de inútiles e ineficientes.

El caso más reciente del ex jefe de Gabinete y vocero presidencial de Javier Milei, con su imposibilidad de justificar gastos y patrimonio ante la justicia, es un reflejo más de esa degradación política y moral. Ejemplifica cómo el poder corrompe al individuo, llenándolo de soberbia y ego. El poder en la política es como el canto de las sirenas en la Odisea de Homero: solo el estadista, el hombre crítico, aquel que antepone los valores colectivos al bien individual y mantiene firmes sus ideales pese a toda dificultad, puede sobrevivir a él y es digno de llevar el timón en el rumbo de la nación.

Sin embargo, el reflejo político no es sino la imagen de la sociedad argentina actual. El argentino busca siempre los extremos, rivaliza con el contrario, no busca el consenso. Hace tiempo que en la política argentina no se discuten ideas ni proyectos de nación: se busca poseer la razón sobre el rival. El fanatismo político es el mayor cáncer de un sistema democrático y, e insisto, es peor que la tiranía, porque el hombre se vuelve ignorante, no cuestiona, repite y juzga con distinta vara moral un mismo hecho según el signo político. El hombre promedio ha abandonado el pensamiento propio, el hábito de cuestionarse la realidad, la lectura; hoy su mayor fuente de información es el algoritmo de una red social que facilita la manipulación de masas. El destino de esto es una ficción democrática.

El hombre promedio de nuestra nación evita la responsabilidad total sobre su realidad. El estado de bienestar ha hecho creer a las personas que el Estado debe actuar como sus padres, y ese es el mayor cáncer que han sembrado los gobiernos populistas, sobre todo el kirchnerismo, en este país. La realidad actual solo enaltece la figura de Sarmiento, que supo visualizar el problema: un país sin ciudadanos formados, sin anhelos, sin sueños, no podrá ser nunca una gran nación. La educación es el elemento fundamental de toda democracia, porque forma un ser crítico y pensante. Nuestra realidad es consecuencia de la falta de educación y la pérdida de valores.

Me permito cerrar con una crítica al ciudadano formado: aquel que triunfa en el sector privado, el altamente calificado, lo que se conoce como el hombre académico. Qué triste ver cómo una nación se degrada dejando su destino en manos de inútiles no calificados, mientras aquel que podría involucrarse en el deber cívico, y dejarles a sus hijos y nietos un país mejor, elige no hacerlo.




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