Pérez-Reverte, ¿quién te nombró juez de la Selección Argentina?
Pérez-Reverte, el nuevo árbitro moral de la Selección Argentina
Arturo Pérez-Reverte es escritor, periodista y miembro de la Real Academia Española. Un hombre de letras, de opiniones fuertes y de una trayectoria indiscutible.
Pero parece que, además de escribir libros y opinar sobre literatura, ahora también decidió aceptar un nuevo cargo:
árbitro moral de la Selección Argentina.
Y aparentemente sin que nadie se lo haya pedido.
Después de la final del Mundial 2026, Pérez-Reverte salió a cuestionar a la Selección Argentina y habló de "sucias maneras" y "mal perder". Hasta ahí, nada extraordinario. En democracia, cualquiera puede opinar sobre fútbol.
El problema aparece cuando una crítica futbolística empieza a convertirse en una especie de diagnóstico psicológico sobre todo un país.
Porque, vamos a aclararlo: Pérez-Reverte puede criticar a la Selección Argentina todo lo que quiera. Lo que no puede pretender es que su opinión se convierta automáticamente en la verdad universal.
Aunque escriba libros.
Aunque sea académico.
Aunque tenga millones de lectores.
Aunque, aparentemente, algunos crean que pertenecer a la RAE viene con un diploma adicional que dice: "Autoridad Suprema para Juzgar Argentinos".
La RAE no entrega silbatos
Pérez-Reverte es miembro de la Real Academia Española.
No es presidente de la FIFA.
No es árbitro internacional.
No es entrenador de la Selección.
Y, hasta donde sabemos, tampoco fue designado por la ONU como inspector mundial de malas conductas futbolísticas.
Entonces, ¿de dónde sale esa necesidad de hablar de la Selección como si estuviera juzgando a una nación entera?
Porque una cosa es decir:
"El comportamiento de algunos jugadores me pareció antideportivo".
Perfecto.
Opinión legítima.
Otra cosa es intentar convertir una conducta dentro de una cancha en una explicación sobre la supuesta esencia de los argentinos.
Ahí ya entramos en otro terreno.
Y si vamos a jugar a generalizar, podríamos empezar a analizar cada país por el comportamiento de sus futbolistas.
Pero sospecho que, de repente, la teoría de las generalizaciones dejaría de resultar tan divertida.
Imagínense el escándalo si fuera al revés
Imaginemos por un momento que un argentino escribe sobre España después de un partido y afirma que los futbolistas españoles representan "la parte más arrogante e irracional de la sociedad española".
¿Qué ocurriría?
Probablemente aparecerían titulares.
"Argentino cuestiona a España".
"Polémica declaración".
"Ofensa contra el pueblo español".
"Argentina vuelve a atacar a España".
Pero cuando la crítica viene en sentido contrario, parece que debemos sentarnos, tomar nota y agradecer la clase magistral.
No.
Los argentinos también podemos responder.
Y podemos decir algo bastante simple:
Señor Pérez-Reverte, usted tiene derecho a opinar. Nosotros también tenemos derecho a contestarle.
El fútbol no es una misa
Tal vez haya que explicarlo nuevamente.
El fútbol es pasión.
Es rivalidad.
Es provocación.
Es bronca.
Es alegría.
Es tristeza.
Es ganar y perder.
Y sí, a veces los jugadores se equivocan.
Por supuesto que hay comportamientos que merecen ser criticados.
Pero pretender que los futbolistas salgan de una cancha después de 90 minutos con la solemnidad de un diplomático firmando un tratado internacional es sencillamente ridículo.
En el fútbol hay provocaciones desde que existe el fútbol.
Hay jugadores que hablan.
Hay jugadores que cargan.
Hay jugadores que celebran.
Hay jugadores que se equivocan.
Y hay jugadores que pierden y no saben perder.
Eso ocurre en Argentina.
En España.
En Inglaterra.
En Francia.
En Brasil.
En Italia.
En Alemania.
En cualquier lugar donde haya seres humanos jugando al fútbol.
La diferencia es que cuando lo hace Argentina, algunos parecen descubrir de repente la decadencia de la civilización occidental.
Argentina parece tener un problema y es que existe
Quizás lo que molesta no sea tanto la Selección.
Quizás lo que molesta es que Argentina tiene una personalidad futbolística demasiado fuerte.
Tiene una camiseta reconocida.
Tiene historia.
Tiene títulos.
Tiene jugadores que se convierten en ídolos mundiales.
Tiene una hinchada que vive el fútbol como una religión.
Y, sobre todo, tiene una característica que parece irritar especialmente a algunos:
no pide permiso para celebrar.
Argentina no consulta si puede gritar.
No pregunta si su festejo resulta suficientemente elegante.
No necesita autorización internacional para emocionarse.
Y tampoco necesita que un escritor español le explique cómo debe vivir el fútbol.
¿Quién te nombró juez?
La pregunta sigue siendo la misma.
¿Puede Pérez-Reverte criticar a la Selección?
Sí.
¿Puede decir que no le gusta su comportamiento?
Por supuesto.
¿Puede considerar que hubo "mal perder"?
También.
Pero hay una diferencia enorme entre expresar una opinión y presentarse como dueño de una verdad moral.
Porque Pérez-Reverte no es el dueño de la verdad.
Ni sobre Argentina.
Ni sobre la Selección.
Ni sobre los argentinos.
Y mucho menos sobre lo que sentimos.
Puede escribir columnas.
Puede escribir novelas.
Puede criticar.
Puede polemizar.
Puede indignarse.
Puede hacer todo eso.
Pero los argentinos tenemos una mala costumbre:
pensar por nosotros mismos.
Y eso significa que no necesitamos que nadie venga desde afuera a explicarnos quiénes somos.
La Selección no necesita un censor
La Selección Argentina tiene millones de seguidores.
Y también millones de personas que no la soportan.
Es normal.
Cuando se gana, aparecen admiradores.
Cuando se pierde, aparecen críticos.
Cuando se gana mucho, aparecen todavía más críticos.
Es parte del juego.
Pero si Pérez-Reverte quiere criticar a la Selección, que lo haga.
Que critique a los jugadores.
Que critique al entrenador.
Que critique las decisiones.
Que critique el estilo.
Que critique lo que quiera.
Pero que no pretenda convertir una discusión deportiva en un juicio sobre la sociedad argentina.
Porque si vamos a juzgar países enteros por el comportamiento de sus futbolistas, probablemente ningún país salga demasiado bien parado.
Y ahí, quizás, la discusión se vuelva bastante incómoda.
Una última aclaración
La Real Academia Española podrá discutir palabras, gramática y lenguaje.
Pero hasta donde sabemos, todavía no decide quién juega limpio, quién pierde mal o quién tiene permitido celebrar.
Para eso ya existen los árbitros.
Y si de algo sabemos los argentinos es que, incluso cuando el árbitro se equivoca, seguimos discutiendo la jugada durante décadas.
Así que Pérez-Reverte puede quedarse tranquilo.
No hace falta que nos explique cómo sentir.
No hace falta que nos enseñe cómo celebrar.
Y mucho menos hace falta que nos dé permiso para defender nuestra camiseta.
Porque la Selección Argentina podrá gustarle o no.
Podrá parecerle elegante o vulgar.
Podrá simpatizar con ella o detestarla.
Todo eso es perfectamente válido.
Pero hay una pequeña diferencia entre tener una opinión y creerse dueño de la verdad.
Usted tiene una pluma, señor Pérez-Reverte.
Nosotros tenemos una camiseta.
Y para defenderla, créanos, no necesitamos permiso de nadie porque
Argentina no sé si caza sola. Pero cuando sale a la cancha, tampoco necesita coro, permiso ni traductor para hacerse escuchar.

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