El mayor mito sobre Keynes

 Dado a que mis últimos artículos han tenido un tono más combativo que técnico, creo que es momento óptimo para volver a mi estilo más tradicional. He de decir que no descartaré la alternativa estilística que ya he probado, pues evidentemente al público le ha gustado; sin embargo, la misma deberá confluir con este modelo más tecnicista y menos atractivo, probablemente, para una gran parte de los lectores.

Luego de ese comentario al margen, nos compete continuar propiamente con el tópico que nos trae reunidos el día de hoy. Y es que aquellos que hayan leído o conozcan mis anteriores trabajos o mi libro Estado y Mercado sabrán que no tengo una especial simpatía por John Maynard Keynes. Justamente es por esto que he dedicado gran parte de mis lecturas e investigaciones a tratar de desmontar y entender de forma óptima el pensamiento keynesiano para estar en condiciones de refutarlo y no sucumbir frente a lo que podrían ser intentos por acercarme a ese pensamiento.

Es en este camino que me fui topando con gran cantidad de mitos acerca del keynesianismo. No obstante, hay uno muy importante que inclusive es enseñado en la educación secundaria y universitaria, referido a esta corriente, y es la idea de la afamada política contracíclica. Quienes defienden esta postura sostienen que Keynes defendía no una economía de constante intervención y planificación, sino que, muy por el contrario, el autor británico ponderaba la idea de que únicamente se debía incentivar la demanda agregada en aquellos casos en los cuales nos enfrentemos a recesiones y/o estancamientos, abandonando este accionar una vez revertida la situación.

Este es un razonamiento que muchas veces le he escuchado a quienes apenas inician con sus estudios sobre economía política, como también a docentes y alumnos universitarios con los cuales he llegado a conversar.

La realidad es que, si bien esto suena muy convincente a priori, el concepto de política contracíclica proviene de interpretaciones posteriores, asociadas sobre todo con el neokeynesianismo, el cual proviene esencialmente después de lo que yo denomino en Estado y Mercado la contrarrevolución monetarista, y a su vez de confusiones derivadas de aquellos que enseñan a Keynes sin haberlo leído.

Para demostrar mi punto voy a explicar dos citas extraídas directamente de La teoría general de la ocupación, el interés y el dinero. Las mismas son sacadas de la edición de 1965, impresa por el Fondo de Cultura Económica, por si algún lector desea comprobar la veracidad de las mismas.

La primera a la cual deseo referirme proviene de la página 120 y dice así:

“Cuando existe desocupación involuntaria, la desutilidad marginal del trabajo es necesariamente menor que la utilidad del producto marginal. En realidad puede ser mucho menor; porque cierta cantidad de trabajo, para un hombre que ha estado sin empleo largo tiempo, en vez de desutilidad puede tener utilidad positiva. Si se acepta esto, el razonamiento anterior demuestra cómo los gastos “ruinosos” (wasteful) de préstamos pueden, no obstante, enriquecer al fin y al cabo a la comunidad. La construcción de pirámides, los terremotos y hasta las guerras pueden servir para aumentar la riqueza, si la educación de nuestros estadistas en los principios de la economía clásica impide que se haga algo mejor.” (Keynes, 1936, p. 120).

Esta cita puede, en un primer momento, llegar a hacer creer al lector que evidentemente Keynes cree en la política contracíclica. Pues, de hecho, al principio del párrafo dice expresamente “cuando existe desocupación involuntaria”. Ergo, parecería que nos estamos refiriendo únicamente a casos muy específicos y que, por ende, la política contracíclica en la teoría keynesiana es una realidad irrefutable.

No obstante, cuando se lee de forma detenida el párrafo, se puede apreciar de forma clara un espíritu de convicción por parte de Keynes muy fuerte, evidenciado en los ejemplos que da de la construcción de pirámides o los terremotos, inclusive las guerras, haciendo de estos elementos, que nadie en su sano juicio —con perdón de la expresión— consideraría a priori positivos para la economía, algo que bajo su perspectiva, por el contrario, sí lo son. Con lo cual, a posteriori, ataca a la economía clásica, que bajo la óptica de Keynes, al momento de escribir este libro, incluía a todo economista no intervencionista.

Ahora bien, alguien podría decir que este tono militante no tiene por qué negar lo anterior. Puede perfectamente coexistir la idea de la política contracíclica junto con el tono militante del párrafo. Y eso, a priori, podría ser cierto de no ser por la siguiente cita, extraída directamente de la página 286, la cual dice de la siguiente forma:

"Así, ¡el remedio del auge no es una tasa más alta de interés, sino una más baja!, porque esta puede hacer que perdure el llamado auge. El remedio correcto para el ciclo económico no puede encontrarse en evitar los auges y conservarnos así en semidepresiones permanentes, sino en evitar las depresiones y conservarnos de este modo en un cuasi-auge continuo.”

De esta forma debería quedar más que demostrado el punto al que quiero llegar. Es cierto que la cita anterior podría llegar a no esclarecer del todo la visión que se expresa en el artículo. No obstante, al decir Keynes de forma expresa que la solución al ciclo económico es mantener las tasas de interés aún por debajo del punto al cual habían descendido las mismas, a fin de aumentar la demanda agregada, debería quedar más que claro.

Nos estamos refiriendo a que en ningún momento se debe frenar la intervención estatal en la política monetaria. Esta debe continuarse y aumentarse inclusive para buscar ese cuasi auge continuo al cual el autor se refiere.

Y aquí podría inclusive alguien mencionar, bajo alguna perspectiva, que la política contracíclica se refiere al ámbito fiscal exclusivamente y no al monetario. Sin embargo, teniendo en cuenta que el propio Keynes diseñó el concepto de trampa de liquidez para explicar un caso en el cual la tasa de interés ya deja de funcionar como herramienta económica, dándole así la posta de forma definitiva a la política fiscal para incentivar la demanda agregada, queda claro que no existe tal cosa en la idea original del autor de Cambridge como la política contracíclica.

Con todo lo anterior dicho, debería quedar algo claro: no hay nada que nos certifique que Keynes planteaba la política contracíclica como concepto intrínseco a su pensamiento. De hecho, con las citas que hemos extraído, todo apunta a lo contrario. No me atrevo a decir de forma categórica esto último como si fuese una verdad absoluta, a pesar de todo. No porque no lo crea, sino porque, al ser Keynes tan ambiguo en sus escritos, considero prudente separar mis pensamientos de lo que podría enunciarse como cierto sin objeciones.

Si bien existen múltiples confusiones extras sobre Keynes y muchísimos argumentos para continuar desmontando, así como también muchos puntos de la idea keynesiana para atacar, el artículo sería muy largo y muy probablemente me terminaría ganando la emoción a la hora de escribir, abandonando el tecnicismo que trato de mantener en este artículo.

No obstante, si alguien quiere ver una crítica más cargada con un tono más combativo, como mis otros artículos hacia las ideas keynesianas, puede comentar este artículo para que haga otro referido al tema o, si lo prefiere, leerse mi libro Estado y Mercado, donde existe un apartado en el capítulo 2 dedicado expresamente a La teoría general.

Sin más que agregar, agradezco profundamente al lector su atención. Espero que le haya servido la lectura de este breve trabajo para sus estudios o que le haya sido entretenido, y espero atento sus devoluciones en los comentarios.

Sin más que agregar, nuevamente, muchas gracias.




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