EL PAYASO DE MENDIGUREN
Cuando la ideología importa más que los hechos
La política argentina tiene una curiosa capacidad para transformar cualquier discusión en una batalla entre hinchadas. Ya no importa qué se dice, quién lo dice ni si el argumento tiene sentido: lo importante parece ser de qué lado está quien habla.
Y en ese escenario aparece José Ignacio de Mendiguren, un dirigente que durante años ocupó distintos cargos de relevancia en la política y en el sector empresarial argentino y que hoy vuelve a ocupar espacio público como uno de los críticos del gobierno de Javier Milei.
La reciente discusión entre ambos volvió a poner sobre la mesa una pregunta incómoda: ¿qué ocurre cuando una persona es defendida simplemente porque critica a un político que uno detesta?
Porque una cosa es cuestionar los insultos o las formas de Javier Milei. Eso es perfectamente legítimo. Otra muy distinta es convertir automáticamente a De Mendiguren en una especie de autoridad económica incuestionable simplemente porque está enfrentado con el Presidente.
Y ahí es donde empieza el problema.
Milei puede equivocarse en las formas y tener razón en el fondo
Javier Milei tiene un estilo que genera rechazo en buena parte de la sociedad. Es confrontativo, utiliza un lenguaje agresivo y muchas veces convierte discusiones económicas en enfrentamientos personales.
Eso puede ser criticado.
Pero criticar la forma no significa que necesariamente haya que rechazar el fondo.
Milei sostiene desde hace años que Argentina arrastra décadas de políticas económicas que produjeron inflación, déficit, endeudamiento, emisión monetaria y una expansión constante del Estado. Sus defensores consideran que ese modelo terminó generando una economía cada vez más dependiente de la intervención estatal y con enormes dificultades para crecer de manera sostenible.
Sus detractores, entre ellos De Mendiguren, sostienen una visión diferente. El exfuncionario ha cuestionado el rumbo económico actual y ha defendido la necesidad de una política industrial y productiva con mayor intervención estatal. También ha criticado la idea de una economía basada principalmente en sectores primarios y ha advertido sobre los riesgos de una posible primarización.
El debate, por lo tanto, es legítimo.
Lo que no resulta legítimo intelectualmente es creer que una de las partes tiene razón automáticamente por pertenecer al espacio político que uno simpatiza.
El problema de defender a alguien solo porque está contra Milei
En la Argentina existe una enfermedad política que atraviesa a todos los sectores: el fanatismo.
Hay personas que defienden a Milei haga lo que haga.
Pero también hay personas que atacan a Milei haga lo que haga.
Y en ambos casos desaparece el pensamiento crítico.
Si Milei dice algo correcto, algunos lo rechazan únicamente porque lo dijo Milei. Si De Mendiguren formula una crítica razonable, otros la defienden únicamente porque está criticando a Milei.
Eso no es análisis político.
Eso es fanatismo.
Una persona puede ser crítica del gobierno de Milei y, al mismo tiempo, reconocer que algunas de sus políticas pueden haber corregido problemas que Argentina arrastraba desde hace décadas.
También puede apoyar algunas medidas del Gobierno y cuestionar otras.
La política adulta debería funcionar así.
Kicillof, Bregman y la oposición automática
El mismo fenómeno puede observarse en otros sectores de la oposición.
Algunas personas apoyan a Axel Kicillof porque consideran que representa un modelo de Estado presente, de protección social y de desarrollo productivo.
Otras simpatizan con Myriam Bregman y con la izquierda porque consideran que el capitalismo genera desigualdad y que el Estado debe intervenir mucho más profundamente en la economía.
Son posiciones políticas legítimas y diferentes.
Pero el problema aparece cuando el único argumento para defenderlas es que "todo lo que hace Milei está mal".
¿Realmente alguien puede pensar que un político tiene razón en absolutamente todo?
¿Es razonable rechazar una medida económica simplemente porque fue propuesta por el adversario?
La respuesta debería ser evidente: no.
Un país no puede construir su futuro sobre la base del fanatismo.
La discusión económica que Argentina necesita
La discusión verdadera no debería ser si hay que estar "con Milei" o "contra Milei".
La pregunta debería ser mucho más profunda:
¿Qué modelo económico necesita Argentina?
¿Debe el Estado intervenir activamente para proteger la industria?
¿Debe abrirse la economía al mundo?
¿Es posible reducir impuestos y, al mismo tiempo, sostener servicios públicos de calidad?
¿Debe priorizarse el equilibrio fiscal?
¿Puede Argentina desarrollarse exportando recursos naturales y energía?
¿Es necesario agregar valor a la producción?
Estas son preguntas serias.
Y para responderlas no alcanza con insultar al adversario.
De Mendiguren puede tener argumentos válidos en algunas cuestiones. Milei también puede tener razón en otras. Y ambos pueden equivocarse.
El problema de la política argentina es que demasiadas veces se pretende reemplazar el debate de ideas por una pelea entre personas.
Los hechos deben estar por encima de las camisetas
Si Milei critica a De Mendiguren, hay que analizar sus argumentos.
Si De Mendiguren critica a Milei, hay que analizar los suyos.
No se trata de elegir quién grita más fuerte.
Tampoco de decidir quién tiene más seguidores en redes sociales.
Mucho menos de defender a un político porque "es de los nuestros".
La economía no funciona con fanatismo.
La inflación no desaparece porque un político nos caiga bien.
El empleo no aumenta porque insultemos al adversario.
La pobreza no baja porque publiquemos un tuit.
Y un país no se desarrolla porque una determinada ideología gane una discusión en televisión.
Argentina necesita resultados.
La verdadera grieta no debería ser entre mileístas, kirchneristas, peronistas, radicales o trotskistas.
La verdadera división debería estar entre quienes están dispuestos a discutir ideas y quienes prefieren defender a su político favorito pase lo que pase.
Porque si mañana Milei hace algo incorrecto, hay que señalarlo.
Si Kicillof hace algo incorrecto, también.
Si Bregman presenta una propuesta equivocada, hay que cuestionarla.
Y si De Mendiguren realiza una crítica válida, hay que reconocerla, aunque uno no comparta su visión política.
Eso se llama pensamiento crítico.
Lo contrario es fanatismo.
Una conclusión incómoda
Quizás el mayor problema de la Argentina no sea solamente económico.
Quizás también sea cultural.
Durante demasiado tiempo hemos convertido la política en una cuestión de pertenencia. Si alguien critica a nuestro líder, lo atacamos. Si alguien elogia a nuestro adversario, lo descalificamos. Y si nuestro político comete un error, buscamos inmediatamente una excusa.
Así nunca vamos a avanzar.
Milei puede ser criticado por sus formas. De Mendiguren puede ser cuestionado por sus ideas. Kicillof puede ser evaluado por su gestión. Bregman puede ser discutida por sus propuestas.
Pero ninguno debería recibir un cheque en blanco.
Porque las ideas no deberían defenderse por fanatismo.
Deberían defenderse con argumentos.
Y, sobre todo, con resultados.
Por eso, aunque a muchos les duela reconocerlo, es perfectamente posible que Javier Milei tenga razón en algunas de sus críticas a la dirigencia económica tradicional y que, al mismo tiempo, se equivoque en otras cuestiones.
La verdadera madurez política consiste precisamente en eso: ser capaz de reconocer la verdad incluso cuando la dice alguien con quien no estamos de acuerdo.
Argentina no necesita más fanáticos.
Necesita ciudadanos capaces de pensar por sí mismos.
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