La culpa también es nuestra
PISA nos está diciendo que somos unos burros, pero estamos demasiado ocupados para escucharlo
Argentina vuelve a rendir PISA y, como cada vez que aparecen los resultados, comienza el mismo ritual. Unos culpan al Gobierno nacional, otros responsabilizan a los gobernadores, algunos apuntan contra los docentes, otros contra los sindicatos y también aparecen los especialistas, los funcionarios y los dirigentes políticos explicando por qué el problema empezó antes de que ellos llegaran.
Y mientras todos encuentran a quién echarle la culpa, casi nadie se pregunta algo bastante más incómodo: ¿y nosotros qué tenemos que ver con esto?
Porque sí, los gobiernos tienen una responsabilidad enorme. Las provincias administran buena parte de la educación y los gobernadores no pueden hacerse los distraídos cuando los alumnos terminan la escuela con dificultades para comprender correctamente un texto, resolver problemas matemáticos o utilizar los conocimientos adquiridos para enfrentarse a situaciones de la vida cotidiana.
Pero hay una verdad bastante menos cómoda que echarle toda la culpa a un político: la educación de nuestros hijos también depende de nosotros.
Y ahí empieza un problema que preferimos no discutir.
Tenemos tiempo para todo, menos para lo importante
Vivimos en un país donde podemos pasar horas discutiendo sobre política, fútbol, televisión, influencers y escándalos mediáticos, pero cuando aparecen los resultados educativos muchas veces reaccionamos durante cinco minutos y después seguimos con nuestra vida.
Podemos discutir durante días sobre Wanda Nara y la China Suárez. Podemos discutir quién se peleó con quién, qué publicó cada uno y quién respondió determinada historia de Instagram. Podemos indignarnos porque echaron a determinado participante de Gran Hermano o porque otro consiguió quedarse una semana más.
Pero cuando un chico de quince años no comprende correctamente lo que lee, la indignación desaparece.
Cuando no puede resolver un problema matemático básico, tampoco pasa demasiado.
Cuando tiene dificultades para estudiar, muchas veces el problema queda reducido a que "la escuela está cada vez peor".
Y después nos sorprendemos cuando aparecen los resultados de PISA.
Quizás el problema sea que queremos una sociedad educada sin querer asumir ninguna de las responsabilidades que implica educarla.
Queremos que nuestros hijos aprendan, pero no siempre queremos acompañarlos. Queremos que tengan buenos docentes, pero cuando el docente les pone un límite empiezan los problemas. Queremos que la escuela tenga autoridad, pero solamente mientras esa autoridad no contradiga lo que nuestro hijo hizo.
Y eso es bastante contradictorio.
El profesor siempre parece ser el problema
Hay una escena que se repite en muchas escuelas y que resulta bastante reveladora.
Un alumno se porta mal, interrumpe una clase, no trabaja, molesta a sus compañeros o directamente desafía al docente. El profesor lo reta o le pone una sanción y, en lugar de que la primera pregunta de los padres sea qué ocurrió, muchas veces la discusión comienza con otra pregunta: ¿por qué retaron a mi hijo?
Si el alumno recibe una mala nota, en lugar de preguntarse qué contenidos no aprendió, algunos padres cuestionan inmediatamente al docente. Si el profesor exige disciplina, aparece el reclamo. Si intenta poner límites, se lo acusa de tener un problema con el alumno.
Por supuesto que existen malos docentes. Existen profesores que se equivocan, que abusan de su autoridad o que no cumplen correctamente con su trabajo. Y cuando ocurre eso, corresponde reclamar y actuar.
Pero una cosa muy diferente es convertir cualquier corrección, exigencia o límite en una agresión contra nuestros hijos.
No podemos pedir docentes con autoridad y al mismo tiempo quitarles autoridad cada vez que nuestro hijo recibe una corrección que no nos gusta.
La escuela no puede ser un lugar donde el profesor tenga que pensar diez veces antes de llamar la atención a un alumno por miedo a que aparezcan los padres a exigir su cabeza.
Porque si destruimos la autoridad del docente, después no podemos sorprendernos cuando enseñar se vuelve cada vez más difícil.
La escuela no es una guardería
También tenemos que abandonar una idea bastante cómoda: que mandar a un hijo a la escuela significa delegar toda su educación en la institución.
La escuela enseña. Pero la familia también educa.
Un chico que nunca lee en su casa, que nunca tiene una conversación sobre lo que estudia, que no tiene ningún acompañamiento con sus tareas y cuyos padres solamente aparecen cuando hay un problema difícilmente pueda resolver todas sus dificultades simplemente porque asiste a clases.
La escuela no puede ser un depósito donde dejamos a nuestros hijos durante varias horas y del que esperamos que salgan educados, disciplinados, responsables y preparados para la vida.
Eso no significa que los padres tengan que convertirse en profesores de matemática, lengua o ciencias. Significa algo mucho más básico: acompañar, preguntar, establecer límites, fomentar el estudio, valorar el esfuerzo y enseñarles que sus acciones tienen consecuencias.
La responsabilidad educativa no termina cuando el chico cruza la puerta de la escuela.
El político siempre es más fácil de culpar
Después está nuestra otra gran especialidad nacional: convertir cualquier problema en una pelea política.
Si PISA da mal, inmediatamente preguntamos quién gobierna.
Y obviamente importa.
Importa muchísimo.
Los gobernadores tienen responsabilidades concretas sobre los sistemas educativos provinciales. Tienen que administrar recursos, infraestructura, políticas educativas, capacitación docente y funcionamiento de las escuelas.
No alcanza con inaugurar una escuela, sacarse una foto y decir que la educación es una prioridad.
Pero tampoco podemos reducir todo el problema educativo a quién ocupa la Casa Rosada.
Porque mientras discutimos quién tiene la culpa, pasan generaciones enteras por el sistema educativo.
Y ahí aparece una contradicción bastante argentina.
Nos encanta hablar de política. Nos encanta defender a nuestro político favorito. Nos encanta explicar por qué el gobierno anterior fue peor. Nos encanta justificar al gobierno actual. Nos encanta encontrar una explicación que nos permita confirmar que nosotros teníamos razón desde el principio.
Pero muchas veces no nos interesa demasiado entender el problema.
Nos interesa tener razón.
Opinamos antes de entender
Esto también aparece en las discusiones económicas.
Hace unos días, por ejemplo, una parte de la conversación pública giraba alrededor del oro. Y aparecía gente repitiendo que "se están robando el oro" como si fuera una verdad evidente simplemente porque lo había dicho el político al que siguen.
No hacía falta entender demasiado. No hacía falta conocer cómo funciona el sistema monetario. No hacía falta preguntarse qué papel cumple realmente el oro. Alcanzaba con que lo dijera alguien que nos gusta.
Y listo.
Tenemos opinión antes de tener conocimiento.
Ese también es un problema educativo.
Porque una sociedad que no aprende a analizar, verificar, cuestionar y comprender termina siendo una sociedad mucho más fácil de manipular.
Hoy puede ser el oro. Mañana puede ser la inflación. Después puede ser la deuda. Después una reforma educativa. Después cualquier otra discusión.
Lo importante no es entender.
Lo importante parece ser saber de qué lado hay que ponerse.
PISA no es el enemigo
Por eso las pruebas PISA pueden resultar incómodas.
No porque sean perfectas. No porque puedan explicar por sí solas todo lo que ocurre dentro de una escuela. Tampoco porque una clasificación internacional pueda resumir la educación de un país entero.
Son incómodas porque obligan a mirar algo que preferimos evitar: los resultados concretos.
Podemos discutir discursos. Podemos discutir ideologías. Podemos discutir gobiernos. Podemos discutir si un ministro es bueno o malo. Podemos discutir cuánto dinero se destinó a educación.
Pero una evaluación puede mostrar que una cantidad importante de estudiantes tiene dificultades para comprender, razonar y aplicar conocimientos.
Y contra eso no alcanza con una consigna política.
No alcanza con decir que la culpa es de la derecha. No alcanza con decir que la culpa es de la izquierda. No alcanza con culpar al docente. Tampoco alcanza con culpar al alumno.
Y tampoco alcanza con culpar exclusivamente a los padres.
El problema es mucho más grande y, precisamente por eso, también tenemos que aceptar que nosotros formamos parte de él.
Quizás el problema no sean solamente los chicos
Tal vez tengamos que dejar de preguntarnos únicamente por qué los chicos no aprenden.
También deberíamos preguntarnos qué estamos enseñándoles con nuestro propio comportamiento.
Un chico ve a sus padres insultar a un profesor porque le puso una mala nota. Ve adultos que defienden cualquier cosa si la hace "su político". Ve personas que comparten información sin verificarla. Ve gente que opina con absoluta seguridad sobre asuntos que nunca estudió.
Ve una sociedad que muchas veces premia al que grita más fuerte antes que al que sabe más.
Y después esperamos que ese chico llegue a los quince años y mágicamente se convierta en una persona crítica, responsable, disciplinada y capaz de analizar información.
Hay algo que no cierra.
La educación no empieza cuando entra a la escuela.
Empieza mucho antes.
Y tampoco termina cuando toca el timbre de salida.
La culpa también es nuestra
PISA puede mostrar que Argentina tiene problemas educativos, pero sería demasiado sencillo utilizar esos resultados únicamente para atacar al gobierno de turno. Los gobiernos tienen que hacerse cargo de sus responsabilidades, los gobernadores deben responder por los sistemas educativos que administran, las escuelas deben mejorar aquello que esté bajo su responsabilidad y los docentes deben cumplir correctamente con su tarea.
Pero nosotros también tenemos que hacernos cargo de la parte que nos corresponde.
Porque si cada vez que nuestro hijo fracasa buscamos al culpable menos incómodo, jamás vamos a encontrar la solución.
Si desaprueba, culpamos al profesor. Si el profesor exige, culpamos a la escuela. Si la escuela reclama, culpamos al sistema. Si el sistema falla, culpamos al gobernador. Si el gobernador culpa al Gobierno nacional, terminamos discutiendo política.
Y mientras tanto, el chico sigue sin aprender.
Ese es el verdadero problema.
Hemos convertido la educación en una discusión sobre quién tiene la culpa en lugar de convertirla en una discusión sobre qué estamos haciendo mal.
Y quizás esa sea la pregunta que deberíamos hacernos cada vez que aparecen los resultados de PISA.
No solamente cuánto sacaron nuestros chicos.
También deberíamos preguntarnos qué estamos haciendo nosotros para que aprendan.
Porque si nuestros hijos tienen dificultades para comprender lo que leen, resolver problemas y pensar críticamente, quizás el problema no sea solamente que ellos no aprendieron.
Quizás nosotros tampoco estamos aprendiendo.
Y eso sí sería bastante más preocupante que cualquier puesto en una tabla internacional.

Esperemos que con esto le empiecen a dar mas bola a la educación porque las pruebas pisas no son de resolver dilema son de aplicar el conocimiento en situaciones de la vida y realmente es triste porque son la sociedad del futuro
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