¿Te refutaron? Acusalo de mileísta

Si perdés el debate, siempre queda Milei

Hay una vieja costumbre en las discusiones políticas argentinas: cuando el argumento propio empieza a tambalear, siempre aparece alguien dispuesto a salvarlo. Durante años fueron “los gorilas”, “los zurdos”, “los fachos”, “los K” o “los liberales”. Ahora existe una categoría que parece servir para casi cualquier ocasión: “fanático de Milei”. Y en el universo de Membrela, esa etiqueta puede convertirse en un recurso demasiado conveniente cuando la discusión empieza a complicarse.

Porque debatir es complicado. Hay que escuchar lo que dice el otro, entenderlo, responderlo, demostrar dónde está el error y, eventualmente, aceptar que uno se equivocó. Es un procedimiento bastante incómodo. Mucho más sencillo resulta trasladar la discusión desde el argumento hacia la supuesta identidad política de quien lo está formulando.

Ahí aparece el problema que vale la pena señalar: si cada vez que alguien presenta un argumento favorable a una política de Milei la respuesta consiste en acusarlo de fanatismo, ya no estamos discutiendo la política en cuestión. Estamos discutiendo al supuesto mileísta.

El comodín perfecto

Imaginemos un debate sobre el déficit fiscal. Una persona sostiene que reducir el déficit es necesario porque un Estado que gasta sistemáticamente más de lo que recauda termina generando problemas de financiamiento, inflación o endeudamiento. La respuesta puede ser perfectamente válida: demostrar que la reducción se está haciendo de una manera socialmente costosa, cuestionar la velocidad del ajuste, discutir qué partidas deberían reducirse o incluso demostrar que las consecuencias económicas previstas no se están produciendo.

Pero existe otra posibilidad mucho más sencilla: “Eso lo decís porque sos fanático de Milei”.

El déficit desapareció de la conversación. La política fiscal desapareció de la conversación. La evidencia desapareció de la conversación. Ahora el tema central es si el interlocutor pertenece o no al club de seguidores de Milei.

Y eso puede ser muy entretenido para un programa de streaming, pero como método de análisis político tiene un pequeño inconveniente: no responde al argumento original.

Lo mismo ocurriría con una discusión sobre la inflación. Si alguien sostiene que la emisión monetaria puede contribuir a generar inflación bajo determinadas condiciones, no alcanza con responder que esa persona es “mileísta”. Hay que discutir la relación entre emisión, demanda de dinero, déficit, expectativas, tipo de cambio y demás variables relevantes. Si el argumento es incorrecto, demostrarlo debería ser relativamente sencillo para quien conoce el tema.

El problema aparece cuando la etiqueta reemplaza esa demostración.

Cuando Milei aparece donde nadie lo llamó

Hay un ejemplo todavía más absurdo. Supongamos que dos personas están discutiendo sobre educación pública. Una sostiene que Argentina debería aumentar la inversión educativa. La otra cree que el problema principal no es cuánto dinero se gasta, sino cómo se administra y qué resultados obtiene el sistema.

Es una discusión completamente legítima.

Pero si una de las respuestas consiste en “vos pensás así porque sos fanático de Milei”, acabamos de convertir una discusión sobre educación en una discusión sobre Milei.

Y ni siquiera sabemos si la persona votó a Milei.

Podría haber votado a cualquier otro candidato. Podría no haber votado. Podría ser profundamente crítico del Gobierno y, al mismo tiempo, considerar que determinada propuesta educativa es correcta.

Ese es precisamente el problema de utilizar etiquetas como argumento: pretenden explicar la posición del otro sin demostrar que esa explicación sea verdadera.

La prueba más sencilla

Hay una forma muy fácil de comprobar si una acusación de “fanatismo” tiene algún valor argumentativo.

Supongamos que alguien dice: “Esta medida económica del Gobierno funciona”.

La respuesta debería ser algo como: “No funciona por estas razones”, seguida de datos, argumentos y explicaciones.

Ahora cambiemos la respuesta por: “Decís eso porque sos fanático de Milei”.

La pregunta inmediata debería ser: ¿y entonces qué?

Aunque efectivamente esa persona fuera fanática de Milei, todavía quedaría pendiente demostrar que la medida no funciona.

El hecho de que alguien tenga una determinada ideología no convierte automáticamente sus argumentos en falsos. Del mismo modo, que una persona tenga una ideología que nosotros consideramos admirable tampoco convierte sus argumentos en verdaderos.

Parece una obviedad, pero buena parte de la discusión política argentina funciona exactamente al revés.

El espejo incómodo

Y acá aparece la parte más interesante de la crítica a Membrela.

Si uno dedica buena parte de su discurso a cuestionar el fanatismo político, debería ser especialmente cuidadoso con la manera en que utiliza las etiquetas políticas. Porque existe una diferencia entre demostrar que alguien defiende a Milei de manera irracional y simplemente llamar “fanático de Milei” a alguien que acaba de formular un argumento que no nos gusta.

El primer caso es una crítica.

El segundo puede convertirse en una excusa.

Por ejemplo, si alguien defiende todas las decisiones de Milei, justifica cualquier error del Gobierno, rechaza cualquier dato negativo y considera que toda crítica forma parte de una conspiración política, hay elementos concretos para hablar de fanatismo.

Pero si alguien dice “en este punto Milei tiene razón”, eso no alcanza.

De lo contrario, estaríamos estableciendo una regla bastante curiosa: Milei puede tener razón únicamente si nadie que lo defienda es considerado mileísta.

Es una condición difícil de cumplir.

El problema de la etiqueta infinita

Además, existe una consecuencia todavía más peligrosa. Si cada persona que contradice nuestra posición puede ser clasificada como “fanática de Milei”, entonces prácticamente cualquier discusión puede terminar de la misma manera.

Alguien cuestiona nuestra interpretación histórica y es mileísta.

Alguien cuestiona nuestro análisis económico y es mileísta.

Alguien defiende una política del Gobierno y es mileísta.

Alguien presenta un dato incómodo y probablemente también sea mileísta.

Llegado ese punto, Milei deja de ser un actor político y se convierte en una especie de explicación universal para cualquier desacuerdo.

Es casi sobrenatural. No hace falta que el Presidente participe del debate. Alcanza con invocarlo.

No todo desacuerdo es una conspiración

El problema de fondo es que una discusión política madura debería admitir algo bastante incómodo: el adversario puede tener razón en algunas cosas.

Eso vale para Milei, para el kirchnerismo, para el peronismo, para la izquierda, para el radicalismo y para cualquier otra corriente política.

Una persona puede criticar duramente a Milei y reconocer que una determinada reforma fue positiva. También puede defender una política de Milei y considerar desastrosa otra. Puede rechazar completamente su estilo político y, aun así, compartir una parte de su diagnóstico económico.

No hace falta convertir cada coincidencia en una conversión religiosa.

Y tampoco hace falta convertir cada desacuerdo en una prueba de fanatismo.

Membrela contra el argumento

Por eso la crítica más interesante a Membrela no consiste en preguntarse de qué partido es, a quién vota o qué etiqueta ideológica debería llevar.

La pregunta realmente interesante es otra: ¿qué hace cuando alguien consigue refutar uno de sus argumentos?

Si responde con otro argumento, perfecto. Ahí tenemos debate.

Si aporta nuevos datos, mejor todavía.

Si reconoce que el otro tiene razón en ese punto, mucho mejor.

Pero si la respuesta habitual consiste en descubrir que el interlocutor es “fanático de Milei”, entonces el problema no está en Milei. El problema está en la incapacidad de separar la identidad política de una persona de la calidad de lo que acaba de decir.

Y esa separación debería ser elemental para cualquiera que pretenda analizar política.

Porque al final hay una diferencia bastante grande entre decir “estás equivocado porque tu argumento tiene este problema” y decir “estás equivocado porque sos fanático de Milei”.

La primera respuesta exige pensar.

La segunda solamente exige encontrar una etiqueta.

Y cuando la discusión llega a ese punto, quizás el debate no lo ganó Milei, ni Membrela, ni el adversario.

Simplemente ganó el comodín.

Y en la política argentina, parece que siempre hay uno disponible.




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