Vialidad especialistas en mirar el barro desde la oficina
Hay una Entre Ríos que muchos no ven
Mientras gran parte del debate político se concentra en las ciudades, existe otra provincia que permanece invisible.
Es la de los caminos rurales.
La de los productores que no pueden sacar una cosecha.
La de los docentes que, con salarios que distan de ser elevados, arriesgan todos los días sus vehículos particulares para llegar a una escuela.
La de los chicos que, después de una lluvia, no saben si podrán asistir a clases.
La de las familias que quedan prácticamente aisladas porque un camino de tierra se transformó en un pantano.
Esa también es Entre Ríos.
Y merece ser escuchada.
Un camino roto es mucho más que barro
Quien nunca vivió en el campo probablemente piense que un camino rural es simplemente una calle de tierra.
No lo es.
Es la ruta por donde sale la producción.
Es el recorrido de la ambulancia.
Es el trayecto del colectivo escolar.
Es el camino del maestro.
Es la conexión entre una familia y el resto de la provincia.
Cuando ese camino desaparece bajo el barro, no se corta solamente una calle.
Se interrumpe la educación, la salud, el trabajo y la economía.
El productor paga impuestos... y también las reparaciones
El campo sostiene buena parte de la economía entrerriana.
Sin embargo, en numerosos lugares los propios productores terminan financiando reparaciones que deberían ser realizadas por el Estado.
Compran materiales.
Consiguen maquinaria.
Aportan combustible.
Organizan trabajos comunitarios.
En algunos casos, incluso colaboran para reparar alcantarillas indispensables para que un camino vuelva a ser transitable.
No porque quieran reemplazar al Estado.
Lo hacen porque no pueden esperar.
La cosecha no espera.
La leche no espera.
Los animales no esperan.
Cuando la comunidad hace el trabajo oficial
En distintos puntos del interior, vecinos y autoridades locales terminaron organizándose para reparar una alcantarilla que llevaba demasiado tiempo esperando una solución.
No hubo inauguraciones.
No hubo discursos.
No hubo fotografías oficiales.
Simplemente hubo ciudadanos resolviendo un problema que el Estado no había solucionado.
Eso demuestra el compromiso de la comunidad.
Pero también deja una pregunta incómoda:
¿Por qué quienes ya pagan impuestos deben volver a poner dinero y trabajo para hacer una obra pública?
Los docentes también pagan el abandono
Pocas imágenes representan mejor esta realidad que la de un docente entrando por un camino destruido.
Muchos utilizan vehículos propios.
Vehículos que pagan con su esfuerzo.
Vehículos que deben mantener de su bolsillo.
Cada pozo, cada huella profunda y cada tramo inundado significa un riesgo.
Roturas de cubiertas.
Problemas de suspensión.
Daños mecánicos.
Y, en ocasiones, directamente la imposibilidad de llegar.
Resulta paradójico.
Se exige que la educación llegue a todos los rincones de la provincia.
Pero muchas veces quienes hacen posible esa educación deben enfrentar caminos que parecen abandonados desde hace años.
No solamente ponen tiempo y vocación.
También ponen su patrimonio.
Los grandes perjudicados
Los más afectados son, como tantas veces ocurre, los chicos.
Cuando llueve intensamente, muchas familias rurales simplemente no pueden salir.
Hay estudiantes que pierden jornadas completas de clases porque el transporte escolar no puede ingresar.
Otros deben esperar días hasta que el camino vuelva a secarse.
En pleno siglo XXI todavía existen alumnos cuyo derecho a estudiar depende del clima.
Eso debería avergonzarnos como sociedad.
El costo oculto
Cada camino destruido genera pérdidas que rara vez aparecen en los balances oficiales.
Más combustible.
Más tiempo.
Más roturas de maquinaria.
Mayor costo logístico.
Menor competitividad.
Todo termina trasladándose a la producción.
Y cuando producir cuesta más, toda la economía provincial pierde.
Los caminos rurales no son un lujo.
Son infraestructura básica.
Las denuncias que no deberían ignorarse
En diferentes zonas del interior circulan desde hace años denuncias y testimonios que señalan presuntas irregularidades vinculadas al uso de maquinaria pública y combustible destinado a trabajos viales.
También existen relatos sobre presiones sufridas por autoridades locales cuando intentaron adquirir equipamiento propio para mejorar caminos rurales.
Estas situaciones, de ser ciertas, merecen una investigación seria por parte de los organismos competentes.
Porque los recursos públicos pertenecen a todos los entrerrianos.
Y porque cada peso que no llega al camino termina perjudicando directamente a quienes producen, trabajan y viven en el interior.
Un problema histórico
La propia Provincia ha reconocido el deterioro acumulado de la infraestructura vial y anunció un plan para intervenir rutas y aproximadamente 25.000 kilómetros de caminos rurales, además de nuevas inversiones en maquinaria y obras. Ese reconocimiento confirma que el problema existe y que requiere una respuesta sostenida, no solo intervenciones puntuales.
Sin embargo, para quienes viven todos los días en el campo, las promesas solo tendrán valor cuando puedan circular sin quedar empantanados después de cada lluvia.
El interior no necesita discursos
Necesita motoniveladoras trabajando.
Necesita alcantarillas nuevas.
Necesita mantenimiento permanente.
Necesita planificación.
Necesita controles.
Y necesita que cada peso destinado a los caminos llegue efectivamente a los caminos.
Trabajar más y reaccionar antes
El mantenimiento de una red vial rural no puede depender únicamente de actuar cuando el problema ya explotó.
La conservación preventiva cuesta menos que reconstruir un camino completamente destruido.
Eso exige organización, planificación y presencia constante en el territorio.
Quienes viven en el interior no esperan milagros.
Esperan que el organismo encargado de mantener los caminos pueda hacerlo con continuidad y eficiencia durante todo el año.
Una deuda con el interior
Entre Ríos es una provincia profundamente productiva.
Su campo genera empleo.
Genera exportaciones.
Genera movimiento económico.
Pero esa riqueza necesita caminos.
No alcanza con agradecer al productor cuando llegan las cosechas.
Hay que garantizarle la infraestructura para producir.
No alcanza con hablar de educación.
Hay que asegurar que los docentes puedan llegar.
No alcanza con hablar de igualdad.
Hay que garantizar que un chico del campo tenga las mismas oportunidades que uno de la ciudad.
Porque el barro no distingue ideologías.
Pero sí marca una enorme diferencia entre quienes pueden salir de su casa y quienes quedan aislados.
Y una provincia que abandona sus caminos termina abandonando también a su gente.

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