El peronismo un movimiento sin identidad

 

El peronismo: un movimiento, demasiados peronismos

Pocos movimientos políticos en la Argentina consiguieron algo tan extraño como el peronismo: sobrevivir a su fundador, atravesar proscripciones, golpes de Estado, derrotas electorales, cambios económicos, transformaciones sociales, divisiones internas y gobiernos con programas casi opuestos entre sí, y aun así continuar utilizando el mismo nombre como punto de referencia.

El problema es que cuando alguien dice “peronismo” puede estar hablando de cosas bastante diferentes. Puede estar pensando en Juan Domingo Perón y la construcción del movimiento obrero organizado; en el peronismo revolucionario de los años setenta; en el sindicalismo tradicional; en el menemismo de los noventa; en el duhaldismo; en el kirchnerismo; en el peronismo federal; en el massismo o en sectores que actualmente intentan construir una alternativa al kirchnerismo. Incluso dentro de cada una de esas corrientes existen diferencias importantes.

El Partido Justicialista reconoce oficialmente al peronismo como un movimiento mucho más amplio que su estructura partidaria e identifica entre sus principios la soberanía política, la independencia económica y la justicia social, además de la defensa del trabajo, la producción, la industria nacional, el federalismo y la protección social. La dificultad comienza cuando se intenta determinar qué significa todo eso en la práctica.

Porque el peronismo consiguió convertir una serie de principios generales en una identidad política extraordinariamente resistente, pero también permitió que distintas generaciones los interpretaran de maneras completamente diferentes.

Y ahí aparece una de las grandes particularidades del movimiento: el peronismo puede cambiar de programa sin dejar de llamarse peronismo.

Todo empezó con Perón

El nacimiento del peronismo está estrechamente relacionado con Juan Domingo Perón y con su actuación desde la Secretaría de Trabajo y Previsión durante el gobierno militar iniciado en 1943.

Perón construyó una relación especialmente fuerte con el movimiento obrero y comenzó a impulsar políticas laborales y sociales que ampliaron derechos y fortalecieron la presencia de los trabajadores organizados dentro de la política argentina. Esa relación sería fundamental para comprender la estructura posterior del movimiento.

El 17 de octubre de 1945 se convirtió en el acontecimiento fundacional de esa identidad política. Una movilización masiva de trabajadores reclamó la liberación de Perón y terminó convirtiéndose en uno de los episodios decisivos que condujeron a las elecciones de 1946.

Perón ganó aquellas elecciones con el 52,84 % de los votos.

A partir de entonces comenzó la primera gran etapa del peronismo.

El Estado adquirió un papel mucho más importante en la economía, se ampliaron derechos laborales, se fortalecieron las organizaciones sindicales y se impulsó una política de industrialización y sustitución de importaciones. Eva Perón, además, desarrolló una relación directa con sectores populares y tuvo un papel central en la construcción simbólica del movimiento.

El peronismo no fue solamente un programa de gobierno.

Fue también una identidad.

Los discursos, los actos, las imágenes de Perón y Eva, la centralidad del trabajador y la utilización de conceptos como justicia social, comunidad y lealtad contribuyeron a construir una identidad política colectiva que sobreviviría incluso después de que Perón abandonara el poder. El propio Estado argentino señala que esa construcción propagandística ayudó a consolidar una identificación duradera entre el movimiento y amplios sectores populares. 

Y justamente ahí empezó una característica que acompañaría al peronismo durante toda su historia: la relación entre el movimiento y su líder.

El primer peronismo también tuvo contradicciones

La imagen histórica del primer peronismo suele presentarse como una etapa completamente homogénea, pero la realidad fue bastante más compleja.

El movimiento reunió a sindicatos, trabajadores, sectores empresariales vinculados con la industria, sectores nacionalistas de las Fuerzas Armadas, grupos de clase media popular y otros actores sociales. Un documento histórico del Instituto Nacional de Capacitación Política caracteriza al peronismo de esa etapa como un movimiento policlasista con una base particularmente importante en el movimiento obrero. 

Eso explica por qué el peronismo podía contener sectores con intereses diferentes.

La relación entre empresarios y sindicatos no siempre fue sencilla. La relación con las Fuerzas Armadas tampoco permaneció estable. Y la relación con la Iglesia, que durante buena parte del primer gobierno había sido relativamente cercana, terminó deteriorándose profundamente.

Durante el segundo gobierno de Perón aumentaron las tensiones con sectores opositores, la Iglesia y parte de las Fuerzas Armadas. El conflicto político se volvió cada vez más intenso hasta desembocar en el golpe de Estado de 1955. 

El peronismo había construido una enorme capacidad de movilización.

Pero también había construido una oposición igualmente intensa.

La proscripción convirtió al movimiento en otra cosa

En 1955 ocurrió algo que marcaría al peronismo para siempre.

Perón fue derrocado y enviado al exilio. El nuevo régimen militar prohibió el Partido Peronista y su simbología mediante el Decreto-Ley 3855/1955. 

A partir de entonces apareció una situación bastante peculiar.

El peronismo estaba prohibido, pero no había desaparecido.

Sus dirigentes podían ser perseguidos, sus símbolos podían ser censurados y su líder podía encontrarse a miles de kilómetros de distancia, pero millones de personas continuaban identificándose con el movimiento.

Durante los siguientes dieciocho años, el peronismo se reorganizó principalmente alrededor de los sindicatos, las organizaciones territoriales y la llamada Resistencia Peronista. El propio Partido Justicialista reconoce que durante aquella etapa la proscripción impidió la participación electoral del peronismo y obligó al movimiento a desarrollar formas alternativas de organización. 

Y ahí comenzó una transformación decisiva.

El peronismo dejó de ser simplemente el partido que había gobernado entre 1946 y 1955.

Pasó a convertirse en un movimiento político capaz de existir sin ocupar el gobierno.

Eso permitió que aparecieran nuevas interpretaciones.

El peronismo revolucionario

Durante las décadas de 1960 y 1970 apareció una corriente que interpretó al peronismo desde una perspectiva revolucionaria.

Sectores de la juventud comenzaron a considerar que Perón podía representar una vía hacia una transformación profunda de la sociedad. De allí surgieron organizaciones como Montoneros, vinculadas a la izquierda peronista, que entendían al movimiento como parte de un proceso revolucionario.

La situación era paradójica.

Perón no había construido originalmente su movimiento desde una posición marxista revolucionaria, pero una parte importante de la nueva generación peronista comenzó a interpretar su doctrina desde esa perspectiva.

Al mismo tiempo, otros sectores del movimiento, particularmente alrededor del sindicalismo y de organizaciones políticas tradicionales, rechazaban completamente esa orientación.

Así aparecieron dos grandes interpretaciones enfrentadas.

Unos entendían que el peronismo debía avanzar hacia una transformación revolucionaria.

Otros consideraban que el movimiento debía conservar su estructura sindical, nacionalista y tradicional.

Y ambos afirmaban representar al verdadero peronismo.

La contradicción terminaría explotando después del regreso de Perón.

Perón volvió y el peronismo volvió dividido

En 1973, Perón regresó definitivamente a la Argentina y volvió a ocupar la Presidencia después de dieciocho años.

Pero el movimiento que encontró no era exactamente el mismo que había dejado en 1955.

Había nuevas generaciones, nuevas organizaciones, nuevas disputas ideológicas y una izquierda peronista que había adquirido una presencia significativa.

El enfrentamiento entre las distintas corrientes llegó a niveles extremos.

El episodio de Ezeiza, ocurrido durante el regreso de Perón en junio de 1973, se convirtió en uno de los símbolos de esa disputa interna.

Cuando Perón asumió nuevamente la Presidencia en octubre de ese año, buscó consolidar una orientación diferente de la que pretendían los sectores revolucionarios.

Su muerte, el 1 de julio de 1974, dejó al movimiento sin la figura capaz de arbitrar sus conflictos internos.

Isabel Perón asumió la Presidencia, pero la situación política y económica se deterioró rápidamente. Finalmente, el golpe de Estado de 1976 volvió a interrumpir el orden constitucional.

El peronismo fue nuevamente perseguido.

Pero sobrevivió.

El peronismo después de la dictadura

La recuperación democrática de 1983 produjo uno de los grandes cambios de la historia del movimiento.

El peronismo perdió por primera vez una elección presidencial en democracia frente a Raúl Alfonsín.

Eso obligó al Partido Justicialista a revisar muchas de sus estructuras y prácticas internas.

La derrota de 1983 impulsó la llamada renovación peronista, que intentó modificar la imagen del movimiento, reducir el peso de determinados liderazgos tradicionales y adaptar al peronismo al nuevo contexto democrático.

El movimiento comenzaba a alejarse de algunas de las formas políticas heredadas de la etapa anterior.

Pero todavía faltaba otra transformación enorme.

Menem y el peronismo que nadie esperaba

Carlos Menem llegó a la Presidencia en 1989 con un discurso inicialmente asociado a una tradición peronista clásica, pero su gobierno terminó aplicando un programa económico radicalmente diferente de muchas políticas del primer peronismo.

Privatizaciones, apertura económica, convertibilidad, desregulación y una relación mucho más cercana con sectores empresariales caracterizaron buena parte de los años noventa.

Y entonces apareció una de las grandes preguntas de la historia peronista.

¿Podía un gobierno implementar políticas económicas muy diferentes de las aplicadas por Perón y seguir siendo peronista?

La respuesta histórica fue sí.

El Partido Justicialista volvió a ganar las elecciones presidenciales de 1995 y Menem permaneció diez años en el poder.

El menemismo demostró hasta qué punto el peronismo podía modificar su orientación económica sin perder completamente su identidad política.

El movimiento que había nacionalizado empresas y defendido una fuerte intervención estatal podía ahora privatizar empresas públicas.

El mismo espacio político que históricamente había tenido una relación estrecha con el movimiento obrero podía impulsar reformas que modificaban profundamente el mercado laboral y la estructura económica.

El peronismo había demostrado nuevamente su extraordinaria capacidad de adaptación.

Pero también había demostrado el problema que esa capacidad podía generar.

Si casi cualquier programa podía ser presentado como peronista, ¿qué límites tenía realmente el concepto?

Duhalde y el peronismo territorial

Después de la crisis de 2001 apareció otra versión del movimiento.

Eduardo Duhalde asumió la Presidencia en 2002 y gobernó durante una etapa de emergencia económica y social.

El duhaldismo estuvo profundamente relacionado con la estructura territorial del peronismo bonaerense y con los intendentes del conurbano.

La lógica política volvía a cambiar.

El peronismo podía ser menemista en los noventa y profundamente crítico del menemismo pocos años después.

Eso demuestra que el movimiento no funciona como un partido ideológicamente rígido.

Funciona como una estructura política capaz de reorganizarse alrededor de los liderazgos, las circunstancias económicas, los territorios y las relaciones de poder de cada momento.

El kirchnerismo

En 2003 apareció otra transformación.

Néstor Kirchner llegó a la Presidencia después de obtener el segundo lugar en la primera vuelta y de que Carlos Menem decidiera no participar del balotaje.

El kirchnerismo recuperó elementos del peronismo tradicional relacionados con el papel del Estado, la intervención económica, la política social y la relación con los sindicatos, pero incorporó además una fuerte agenda vinculada con derechos humanos, memoria, verdad y justicia.

Con Cristina Fernández de Kirchner, esa identidad se profundizó.

El kirchnerismo construyó una identidad política propia dentro del peronismo y desarrolló una militancia particularmente fuerte entre sectores juveniles, especialmente alrededor de organizaciones como La Cámpora.

Pero nuevamente apareció la misma cuestión.

¿El kirchnerismo era simplemente una nueva etapa del peronismo o constituía una corriente diferente dentro de un movimiento mucho más amplio?

La respuesta dependía de quién la formulara.

Para sus dirigentes y militantes, formaba parte de la tradición peronista.

Para otros sectores del propio movimiento, representaba una interpretación demasiado específica del peronismo y una concentración excesiva del liderazgo alrededor de Néstor y Cristina Kirchner.

El peronismo federal

Mientras el kirchnerismo consolidaba su estructura, otros dirigentes intentaron construir una alternativa.

Gobernadores, dirigentes sindicales y sectores del Partido Justicialista buscaron mantener una identidad peronista pero alejándose de Cristina Kirchner.

De allí surgió lo que habitualmente se denominó peronismo federal.

Sergio Massa también ocupó un espacio particular dentro de esta evolución. Su trayectoria política estuvo vinculada inicialmente al kirchnerismo, posteriormente se convirtió en uno de sus principales adversarios y finalmente regresó a una coalición peronista que terminó llevando su candidatura presidencial en 2023.

Otra vez, el peronismo demostraba una capacidad de absorción política extraordinaria.

Dirigentes que habían estado enfrentados podían volver a formar parte del mismo espacio.

Eso sería prácticamente imposible en muchos partidos ideológicamente más rígidos.

En el peronismo, en cambio, la pertenencia suele estar determinada tanto por las ideas como por la capacidad de formar parte del movimiento.

El mapa que muestra la imagen

La imagen que pasaste intenta representar precisamente esa característica.

No se trata de una clasificación científica ni de una escala ideológica universalmente aceptada, sino de una representación gráfica de diferentes corrientes que históricamente fueron identificadas dentro del peronismo.

Allí aparecen el peronismo ortodoxo, el sindicalismo peronista, la tendencia revolucionaria, el kirchnerismo, el menemismo, el duhaldismo, el massismo, el peronismo federal, el cordobesismo y otras expresiones.

Lo interesante no es tanto determinar exactamente dónde debería ubicarse cada corriente dentro del gráfico, sino observar la cantidad de interpretaciones que el movimiento fue capaz de producir.

El peronismo puede moverse desde posiciones nacionalistas hasta experiencias económicas liberales; desde sectores revolucionarios hasta dirigentes sindicales tradicionales; desde gobiernos fuertemente intervencionistas hasta administraciones que impulsaron privatizaciones y apertura económica.

Y aun así, existe una continuidad simbólica que permite que todos esos sectores sean reconocidos como parte de una misma tradición política.

Ese es probablemente el fenómeno más extraordinario del peronismo argentino.

El problema de definir qué es ser peronista

Ser peronista puede significar cosas diferentes dependiendo de la generación, la provincia, el sindicato, el dirigente o la corriente interna.

Para algunos, el eje está en la justicia social.

Para otros, en la defensa de los trabajadores organizados.

Para otros, en la industria nacional.

Hay quienes ponen el acento en el nacionalismo económico, mientras que otros reivindican el federalismo y el papel de los gobernadores.

El kirchnerismo agregó una interpretación centrada en los derechos humanos, la intervención estatal y una determinada lectura de la historia reciente.

El menemismo demostró que un gobierno peronista podía aplicar políticas de mercado.

El peronismo cordobés mostró que podían existir dirigentes que reivindicaran la identidad peronista desde una posición mucho más autónoma respecto de Buenos Aires y del kirchnerismo.

Por eso, buscar una definición única probablemente termine dejando afuera una parte importante de la historia del movimiento.

El peronismo no tiene una sola interpretación.

Tiene una disputa permanente por definir qué significa ser peronista.

El problema del liderazgo

Durante gran parte de su historia, el peronismo consiguió resolver sus conflictos internos mediante liderazgos fuertes.

Perón fue el árbitro indiscutido durante las primeras décadas.

Después de su muerte, esa función quedó vacante y comenzó una competencia permanente entre distintos sectores.

Menem consiguió ejercer liderazgo durante los años noventa.

Luego aparecieron Duhalde, Néstor Kirchner y Cristina Kirchner.

Pero en los últimos años el problema volvió a hacerse evidente.

Actualmente existe una disputa interna entre el sector vinculado con Cristina Kirchner y el espacio político encabezado por Axel Kicillof, mientras otros dirigentes y gobernadores intentan construir posiciones propias. En el Congreso también existen diferentes agrupamientos y lealtades dentro del universo peronista. 

En agosto de 2026, distintos sectores del peronismo comenzaron a reagruparse y dirigentes como Kicillof, Sergio Massa, Máximo Kirchner y varios gobernadores participaron de conversaciones destinadas a coordinar posiciones hacia 2027. 

Al mismo tiempo, otros sectores intentan construir un espacio que se mantenga alejado tanto de Cristina Kirchner como de Kicillof. 

Esto demuestra que la discusión actual no consiste simplemente en decidir quién será el próximo candidato.

La cuestión más profunda es quién podrá definir qué será el peronismo después del kirchnerismo.

¿Qué queda del peronismo?

Esta es probablemente la pregunta más incómoda.

El peronismo conserva una enorme estructura territorial, una relación histórica con el movimiento sindical y una identidad política que continúa siendo reconocible para millones de argentinos.

Pero también enfrenta una transformación social que no puede ignorar.

La Argentina de 2026 no es la Argentina de 1945.

La clase trabajadora ya no tiene la misma estructura que durante la industrialización clásica. El mercado laboral tiene una enorme proporción de trabajadores informales. Las nuevas generaciones tienen relaciones diferentes con los partidos políticos y los sindicatos. Las redes sociales modificaron la comunicación política. Y el ascenso del libertarismo introdujo una competencia ideológica diferente de la que el peronismo había enfrentado durante buena parte del siglo XX.

El desafío consiste entonces en determinar qué significa justicia social en una economía con alta informalidad, qué significa defender al trabajador cuando millones de personas trabajan fuera del sistema formal y qué modelo productivo puede generar empleo privado sostenible.

No alcanza con repetir las palabras históricas del movimiento.

Hay que explicar cómo se aplican a una sociedad diferente.

El peronismo frente a Milei

La llegada de Javier Milei agregó una dificultad adicional.

El actual gobierno convirtió buena parte de su discurso en una crítica directa a las estructuras políticas y económicas asociadas con las últimas décadas, incluido el peronismo.

Al mismo tiempo, el peronismo se convirtió en la principal fuerza opositora organizada, aunque actualmente enfrenta una disputa interna por su liderazgo y por la estrategia que debe adoptar frente al Gobierno.

Associated Press señaló en septiembre de 2026 que la oposición peronista atraviesa dificultades para unificar su conducción, con una disputa particularmente importante alrededor de Cristina Kirchner y Axel Kicillof. 

Esto genera una situación curiosa.

El peronismo continúa siendo una estructura política enorme, pero ya no existe un liderazgo indiscutido capaz de ordenar automáticamente al conjunto del movimiento.

Y cuando desaparece un liderazgo dominante, aparecen las diferentes versiones que durante años habían permanecido juntas bajo el mismo paraguas.

El kirchnerismo quiere conservar su influencia.

Kicillof busca desarrollar una identidad propia.

Los gobernadores reclaman autonomía.

El sindicalismo conserva su estructura.

Massa mantiene su propio espacio.

El peronismo cordobés sigue una estrategia particular.

Y otros dirigentes intentan construir una alternativa que no quede atrapada en la disputa entre las dos principales corrientes.

No es la primera vez que ocurre.

El peronismo lleva décadas haciendo exactamente eso.

Un movimiento que sobrevivió a todo

Quizás la característica más importante del peronismo sea precisamente su capacidad de supervivencia.

Fue creado alrededor de Perón.

Sobrevivió cuando Perón estaba exiliado.

Sobrevivió a la proscripción.

Sobrevivió a la muerte de Perón.

Sobrevivió al golpe de 1976.

Sobrevivió a la derrota electoral de 1983.

Se reinventó con Menem.

Se reorganizó después de 2001.

Se transformó nuevamente con Néstor y Cristina Kirchner.

Y ahora intenta encontrar una nueva configuración después de la derrota electoral de 2023 y frente al gobierno de Javier Milei.

Eso explica por qué reducir el peronismo a una sola ideología resulta difícil.

Su principal característica histórica no fue la rigidez doctrinaria.

Fue la capacidad de adaptación.

Pero adaptarse también tiene un costo

La misma flexibilidad que permitió al peronismo sobrevivir también genera una pregunta que lo acompaña desde hace décadas.

¿Dónde termina la capacidad de adaptación y dónde comienza la pérdida de identidad?

Si Menem pudo aplicar políticas económicas liberales, Kirchner pudo reconstruir un Estado mucho más intervencionista y distintos gobernadores pueden defender posiciones muy diferentes, ¿qué elemento permite afirmar que todos forman parte de la misma tradición?

La respuesta está probablemente en una combinación de identidad histórica, estructura territorial, relación con el movimiento obrero, símbolos compartidos y determinados principios generales.

Pero esa respuesta no resuelve completamente el problema.

Porque cuanto más amplio se vuelve el concepto de peronismo, más difícil resulta establecer qué propuestas están fuera de sus límites.

El movimiento consiguió algo que muy pocos partidos lograron: convertirse en una identidad política que puede adaptarse a programas diferentes.

La pregunta es si esa misma característica seguirá siendo suficiente para competir en una Argentina donde las identidades políticas están cambiando nuevamente.

El peronismo no es uno

La imagen que pasaste tiene un mérito importante: muestra visualmente algo que cualquier recorrido histórico del movimiento permite comprobar.

Nunca existió un solo peronismo.

Existió el peronismo de Perón, el de la resistencia, el sindical, el revolucionario, el ortodoxo, el renovador, el menemista, el duhaldista, el kirchnerista, el federal, el massista y otras expresiones provinciales que desarrollaron características propias.

Algunas de esas corrientes estuvieron profundamente enfrentadas entre sí.

En determinados momentos, esas diferencias llegaron incluso a la violencia política.

Sin embargo, todas encontraron algún modo de reivindicar la tradición iniciada por Perón.

Ese es el fenómeno que explica la longevidad del movimiento.

El peronismo no sobrevivió porque haya mantenido siempre el mismo programa.

Sobrevivió precisamente porque consiguió modificar su programa sin abandonar completamente su identidad.

Pero ahora enfrenta otra transformación.

La discusión ya no es solamente qué sector controla el Partido Justicialista.

También está en juego qué significado tendrá el peronismo en una Argentina donde el voto se fragmenta, las viejas identidades partidarias pierden fuerza entre determinados sectores y una nueva corriente política disputa directamente algunas de las bases históricas sobre las que el peronismo construyó su poder.

Después de más de ochenta años, el movimiento sigue existiendo.

La verdadera discusión es qué versión del peronismo terminará predominando y qué elementos de su historia conservará para intentar construir una propuesta para el futuro.

Porque si algo demuestra la historia del peronismo es que puede cambiar casi todo.

Lo que todavía queda por ver es qué cosas no está dispuesto a cambiar.



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