La República termina donde empieza Formosa
José Mayans, el campeón de la alternancia... de los demás
En la política argentina hay una disciplina olímpica poco reconocida: exigirle al rival lo que jamás se está dispuesto a exigirle a los propios.
Si hubiera medallas para la doble vara, algunos dirigentes no volverían con una de oro. Volverían con toda la vitrina.
José Mayans parece conocer muy bien esa especialidad.
Senador nacional por Formosa desde 2001. Veinticinco años sentado en una banca del Senado. Un cuarto de siglo. Hay argentinos que nacieron cuando Mayans ya era senador y hoy ya pueden votar.
Pero, curiosamente, jamás parece preguntarse si tanta permanencia en el poder merece, al menos, una reflexión.
Porque la alternancia, según parece, funciona como el Wi-Fi de un aeropuerto: tiene señal en todas partes... menos en Formosa.
Cuando se trata de cuestionar al gobierno nacional o a dirigentes de otros espacios, los discursos abundan. Se habla de republicanismo, de institucionalidad, de límites al poder y de calidad democrática.
Ahora bien, cuando la conversación gira hacia Gildo Insfrán, el gobernador que conduce Formosa desde 1995, el volumen baja misteriosamente.
No hay grandes discursos.
No hay editoriales incendiarias.
No hay llamados a la renovación.
No hay autocrítica.
Solo un silencio que ya dejó de ser casual para convertirse en una posición política.
Y ahí aparece la pregunta incómoda.
Si permanecer demasiado tiempo en el poder representa un problema para la democracia, ¿por qué esa preocupación desaparece cuando el protagonista pertenece al propio espacio político?
¿Será que la alternancia tiene afiliación partidaria?
¿O que los principios vienen con cláusulas de excepción?
Porque resulta llamativo escuchar lecciones de institucionalidad de dirigentes que representan a una provincia gobernada por el mismo liderazgo político desde hace más de tres décadas sin expresar públicamente reparos sobre esa continuidad.
Claro, quizás la explicación sea mucho más sencilla.
Es más fácil denunciar los supuestos excesos del adversario que incomodar al jefe político de toda una vida.
Después de todo, la coherencia nunca fue tan rentable como la conveniencia.
José Mayans lleva más de dos décadas ocupando una banca en el Senado. Durante todo ese tiempo acompañó políticamente a un modelo de poder que sus propios discursos parecerían cuestionar si estuviera encabezado por otro signo político.
Esa contradicción no necesita demasiadas explicaciones.
Habla por sí sola.
Porque la credibilidad no se mide por la cantidad de discursos pronunciados, sino por la disposición a aplicar los mismos principios a amigos y adversarios.
Criticar únicamente al que piensa distinto no es valentía política.
Es comodidad.
Y guardar silencio frente a lo que ocurre en la propia casa mientras se señala con el dedo la ajena no es defender la República.
Es practicar la vieja costumbre de la política argentina: la indignación selectiva.
Quizás algún día José Mayans nos sorprenda con una verdadera autocrítica. Una reflexión sincera sobre el poder prolongado, la necesidad de alternancia o los desafíos institucionales de Formosa.
No sería un gesto de debilidad.
Sería, por primera vez en mucho tiempo, un gesto de coherencia.
Mientras tanto, la doble vara seguirá haciendo horas extras.
Y, como siempre, solo medirá para un lado.

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