Mao dejó la revolución, Deng dejó la caja llena
Deng Xiaoping: el hombre que no quiso abandonar el comunismo y convirtió a China en una potencia económica
En 1978, China era un país completamente diferente al que conocemos hoy. No existían las gigantescas ciudades industriales que dominan la economía mundial, Shenzhen todavía era prácticamente un pequeño asentamiento pesquero y China estaba muy lejos de ser la fábrica del planeta. El país seguía cargando con las consecuencias de décadas de experimentos políticos y económicos, especialmente del Gran Salto Adelante y de la Revolución Cultural. La economía había quedado debilitada, millones de personas seguían viviendo en condiciones de pobreza y el modelo económico basado en la planificación central había demostrado ser incapaz de producir la prosperidad que el régimen había prometido.
Y entonces apareció Deng Xiaoping.
Deng no llegó al poder con la intención de destruir el sistema comunista chino. Tampoco anunció que China abandonaría el socialismo para convertirse en una economía capitalista occidental. Su proyecto fue mucho más particular: conservar el poder político del Partido Comunista mientras modificaba radicalmente la manera en que funcionaba la economía. La frase que mejor resume su enfoque fue la necesidad de “buscar la verdad en los hechos”. En lugar de preguntarse qué decía la ideología que debía funcionar, Deng estaba dispuesto a experimentar con políticas económicas y observar sus resultados. Las reformas iniciadas en 1978 terminarían transformando a China de una economía cerrada y pobre en una de las mayores economías del mundo.
El cambio comenzó en el campo. Durante la época de Mao, la agricultura había estado organizada alrededor de las comunas populares, donde millones de campesinos trabajaban dentro de estructuras colectivas. Deng y otros dirigentes comenzaron a permitir un sistema conocido como responsabilidad familiar o household responsibility system. En lugar de que todo el trabajo agrícola estuviera organizado directamente por la comuna, las familias comenzaron a tener mayores incentivos para producir y podían conservar una parte de lo obtenido después de cumplir determinadas obligaciones con el Estado.
El efecto fue enorme. Los campesinos empezaron a tener un incentivo directo para producir más porque una parte mayor del resultado de su trabajo podía beneficiar a sus propias familias. La reforma agrícola fue una de las primeras grandes transformaciones del período y ayudó a aumentar la productividad rural. El Banco Mundial señala que una parte importante de la reducción inicial de la pobreza china se produjo precisamente durante los primeros años de las reformas rurales.
Esto es importante porque muestra una de las características más particulares del modelo de Deng: China no intentó reformar toda su economía de golpe. Las reformas fueron introduciéndose gradualmente, primero en determinados sectores y regiones, y aquellas experiencias que funcionaban podían posteriormente ampliarse. El Banco Mundial describe esta estrategia como un proceso de experimentación y aprendizaje en el que distintas reformas eran probadas localmente antes de extenderse a una escala mayor.
Mientras el campo comenzaba a cambiar, Deng también decidió que China necesitaba abrirse al mundo. Durante décadas, el país había mantenido una economía relativamente cerrada y desconfiaba profundamente de las influencias económicas extranjeras. Deng entendió que China necesitaba tecnología, capital, conocimientos empresariales y acceso a los mercados internacionales si quería modernizarse.
La solución fueron las zonas económicas especiales.
En 1980 se establecieron las primeras cuatro grandes zonas económicas especiales: Shenzhen, Zhuhai y Shantou, en Guangdong, y Xiamen, en Fujian. Estas regiones recibieron políticas diferentes al resto del país y fueron utilizadas como laboratorios económicos para atraer inversión extranjera y experimentar con mecanismos de mercado.
Y si existe un lugar que simboliza la transformación económica de Deng, ese lugar es Shenzhen.
En 1980, Shenzhen era esencialmente un pequeño pueblo pesquero situado junto a Hong Kong. Tres décadas después se había convertido en una gigantesca metrópolis industrial y tecnológica. El Banco Mundial señaló que Shenzhen había recibido decenas de miles de millones de dólares en inversión extranjera y se había convertido en una de las ciudades de crecimiento más rápido del mundo.
La idea era extraordinariamente sencilla en comparación con la complejidad de sus consecuencias: si una determinada política funcionaba en Shenzhen, podía ser estudiada y posteriormente aplicada en otros lugares. China podía experimentar con el mercado sin tener que liberalizar inmediatamente todo el país.
Deng no estaba diciendo que el mercado fuera necesariamente capitalista y, por lo tanto, incompatible con el socialismo. Su razonamiento era mucho más pragmático. Si una herramienta económica aumentaba la producción, generaba empleo y mejoraba las condiciones materiales de la población, podía ser utilizada. La discusión dejó de centrarse exclusivamente en si una política era suficientemente socialista y comenzó a concentrarse en si funcionaba.
Ese cambio mental fue probablemente una de las transformaciones más importantes de la China posterior a Mao.
Porque Deng entendió algo que Mao había ignorado durante buena parte de sus campañas económicas: una economía no puede alimentarse de voluntad política. Las empresas necesitan incentivos. Los trabajadores necesitan motivos para producir. Los agricultores necesitan beneficios para aumentar la producción. Las inversiones necesitan reglas. Y los mercados necesitan consumidores.
China comenzó entonces a construir una economía híbrida. El Estado continuó siendo extraordinariamente poderoso y mantuvo el control político, mientras el mercado comenzó a desempeñar un papel cada vez mayor en la asignación de recursos. Aparecieron empresas privadas y colectivas, crecieron las empresas de pueblos y aldeas y se permitió que determinados sectores funcionaran con mayor competencia. Las empresas estatales también comenzaron a experimentar modificaciones en sus mecanismos de gestión.
Esta combinación puede parecer contradictoria desde una perspectiva occidental. China estaba liberalizando buena parte de su economía sin liberalizar su sistema político. El Partido Comunista no abandonó el poder. No hubo una transición hacia una democracia multipartidista comparable a las ocurridas en Europa del Este décadas después. Deng quería reformar la economía sin perder el control político.
Y funcionó económicamente a una escala difícil de ignorar.
Desde el comienzo de las reformas en 1978, el crecimiento promedio del PIB chino superó el 9 % anual durante varias décadas. El Banco Mundial estima que aproximadamente 800 millones de personas salieron de la pobreza extrema durante el período de reformas y apertura, mientras China pasó de ser una economía de bajos ingresos a una economía de ingresos medianos altos.
Las cifras resultan todavía más impresionantes cuando se observa el cambio desde el punto de partida. Un estudio del Banco Mundial estimó que la proporción de población china viviendo por debajo de una determinada línea de pobreza cayó del 53 % en 1981 al 8 % en 2001. Otra evaluación del organismo señala que entre 1981 y 2011 alrededor de 753 millones de chinos salieron de la pobreza medida con una línea internacional de US$1,25 diarios. Las cifras dependen de la línea de pobreza utilizada y del período analizado, pero la magnitud general del proceso es indiscutible: la reducción de la pobreza china fue extraordinaria.
Pero Deng no consiguió esa transformación simplemente porque decidió “hacer capitalismo”. China tenía algunas condiciones particulares que también fueron fundamentales. Tenía una enorme población rural que podía trasladarse progresivamente hacia actividades industriales y urbanas, un Estado capaz de movilizar grandes inversiones en infraestructura y una fuerza laboral dispuesta a trabajar en las nuevas industrias. La industrialización y la urbanización absorbieron una enorme cantidad de trabajadores que anteriormente dependían de la agricultura. Entre 1978 y 2015, la proporción de trabajadores chinos empleados fuera del sector agrícola pasó aproximadamente del 29 % al 70 %.
China comenzó a fabricar productos para el mercado mundial y descubrió que su enorme población podía convertirse en una ventaja industrial. Las empresas extranjeras podían instalarse allí, producir a costos relativamente bajos y utilizar China como plataforma exportadora. Al mismo tiempo, China podía adquirir tecnología y conocimientos que anteriormente no tenía.
El país pasó gradualmente de producir principalmente para sí mismo a producir para el mundo.
Ese cambio fue fundamental.
La apertura comercial aumentó enormemente. Según datos del Banco Mundial, la relación entre comercio y PIB pasó de aproximadamente 11 % en 1978 a alrededor del 50 % en 2000. La inversión extranjera directa, que prácticamente no existía como componente relevante antes de las reformas, comenzó a crecer rápidamente.
Durante las décadas siguientes, China desarrolló una gigantesca industria manufacturera. Primero llegaron productos relativamente simples y baratos. Después comenzaron a aparecer industrias cada vez más sofisticadas. Textiles, juguetes, herramientas, electrodomésticos, maquinaria, automóviles, electrónica y posteriormente tecnología avanzada. La cadena industrial fue creciendo hasta convertir a China en una pieza fundamental de la economía mundial.
La transformación también produjo una urbanización gigantesca. Millones de personas abandonaron progresivamente las zonas rurales para buscar trabajo en ciudades industriales. Surgieron nuevas ciudades, se construyeron carreteras, puertos, aeropuertos, ferrocarriles y enormes complejos industriales. China comenzó a invertir una cantidad extraordinaria de recursos en infraestructura.
El resultado fue una economía completamente distinta a la que Deng había heredado.
Pero hay una cuestión importante: Deng no fue responsable personalmente de todo lo que China consiguió durante las décadas posteriores a 1978. Su papel fue fundamental como arquitecto político de la apertura y las primeras reformas, pero el crecimiento continuó bajo dirigentes posteriores y se apoyó en instituciones, inversiones y políticas que evolucionaron con el tiempo. La propia investigación del Banco Mundial divide el proceso de reformas en distintas etapas, desde las primeras reformas orientadas a introducir mecanismos de mercado hasta etapas posteriores de construcción y profundización de las instituciones de mercado.
Por eso sería incorrecto imaginar que Deng simplemente apretó un botón en 1978 y China se hizo rica.
Lo que ocurrió fue mucho más interesante.
Deng modificó los incentivos económicos. Después permitió experimentos regionales. Abrió determinadas zonas al capital extranjero. Reformó progresivamente la agricultura. Permitió que crecieran nuevas empresas. Aumentó la integración comercial. Fomentó la inversión en infraestructura y dejó que aquellas políticas que generaban resultados positivos fueran ampliándose.
China no abandonó el control estatal. Lo que hizo fue cambiar la relación entre el Estado y el mercado.
Y esa es probablemente la parte más fascinante de la historia.
Deng tomó elementos que durante décadas habían sido considerados incompatibles con el socialismo chino y los incorporó al funcionamiento de la economía. Empresas privadas, inversión extranjera, competencia, comercio internacional y mecanismos de mercado comenzaron a convivir con empresas estatales, planificación económica y control político del Partido Comunista.
La contradicción terminó convirtiéndose en una de las características fundamentales del modelo chino.
Mientras la Unión Soviética y posteriormente Rusia atravesaban una transformación mucho más brusca hacia una economía de mercado, China eligió una transición gradual. El Banco Mundial ha señalado precisamente esa diferencia: China fue realizando reformas progresivas y experimentales, permitiendo que distintas regiones probaran políticas antes de extenderlas.
Deng tampoco convirtió inmediatamente a China en un país rico en términos de ingreso por habitante. Esa transformación necesitó décadas. Lo que hizo fue crear las condiciones para un crecimiento extraordinariamente prolongado.
En 1978, China era un país pobre.
Décadas después, se había convertido en una potencia industrial, comercial y tecnológica.
Y la comparación con la China de Mao resulta brutal.
Mao había intentado transformar la economía mediante campañas políticas masivas, objetivos impuestos desde arriba y movilización ideológica. El Gran Salto Adelante terminó asociado con una gigantesca hambruna. Deng, en cambio, comenzó a permitir que los incentivos económicos, la experimentación y el mercado tuvieran un papel mucho mayor. Mao había intentado obligar a la economía a cumplir con la ideología. Deng permitió que los resultados económicos modificaran la política.
Esa diferencia puede resumirse en una de las ideas más famosas asociadas a Deng: no importaba tanto el color del gato como si era capaz de atrapar ratones.
La frase no era simplemente una ocurrencia. Representaba una ruptura con una época en la que las políticas económicas podían ser defendidas principalmente por su pureza ideológica. Para Deng, si una herramienta funcionaba, debía ser considerada. Si no funcionaba, debía modificarse.
China no se hizo rica porque abandonara completamente el Estado ni porque copiara exactamente a Estados Unidos o Europa. Se hizo mucho más próspera mediante una combinación particular de reformas de mercado, apertura internacional, industrialización, inversión, infraestructura, disciplina estatal y experimentación gradual.
Pero el éxito económico también tuvo costos y contradicciones. El crecimiento produjo desigualdades importantes entre regiones y grupos sociales, especialmente durante determinadas etapas de la reforma. El propio Banco Mundial ha señalado que la reducción de la pobreza coexistió con un aumento de la desigualdad en distintos períodos.
Además, el modelo generó problemas ambientales, fuertes desequilibrios regionales, dependencia de la inversión y posteriormente desafíos relacionados con el envejecimiento de la población y la desaceleración del crecimiento. El Banco Mundial señala actualmente que el antiguo modelo basado fuertemente en inversión y manufactura orientada a las exportaciones enfrenta límites y necesita una transformación hacia una economía más basada en productividad, servicios y consumo.
Por eso la historia de Deng no debería contarse como un cuento de hadas económico. No convirtió mágicamente a China en un país rico. Tampoco inventó desde cero cada elemento que hizo posible el crecimiento posterior. Lo que hizo fue algo más importante: cambió el rumbo.
Después de Mao, China tenía que decidir qué hacer con un sistema económico que había producido enormes dificultades y con un país que seguía siendo extremadamente pobre. Deng eligió no destruir el sistema político, pero sí modificar radicalmente su funcionamiento económico.
El resultado fue una de las transformaciones económicas más impresionantes de la historia moderna.
La China que había conocido el Gran Salto Adelante terminó convirtiéndose en una potencia industrial. El país que había sufrido una hambruna de dimensiones gigantescas pasó a alimentar a una población enorme y a convertirse en uno de los principales actores del comercio mundial. El país que durante décadas había permanecido relativamente aislado terminó convirtiéndose en un centro fundamental de las cadenas globales de producción.
Mao quiso construir una sociedad nueva a través de la movilización política.
Deng descubrió que para hacer crecer un país también había que dejar que la gente produjera, comerciara, invirtiera y obtuviera beneficios de su propio esfuerzo.
La ironía histórica es enorme. El hombre que ayudó a convertir a China en una potencia económica no acabó con el Partido Comunista ni proclamó la victoria del capitalismo occidental. Hizo algo mucho más peculiar: mantuvo el comunismo como sistema político mientras permitía que el mercado entrara por la puerta principal de la economía.
Y China cambió para siempre.
La gran transformación no ocurrió porque Deng tuviera una fórmula mágica para fabricar riqueza. Ocurrió porque entendió una cuestión que el maoísmo había ignorado durante demasiado tiempo: un gobierno puede ordenar muchas cosas, pero no puede ordenar la prosperidad. Para crear riqueza necesita permitir que millones de personas tengan incentivos para producirla.
Deng no convirtió a China en una potencia de la noche a la mañana.
Le dio algo mucho más importante: un camino para dejar de ser pobre.

me encantan estos articulos porque muestran una parte de la historia que los politicos kukardos choriplaneros ocultan
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