Mao Zedong y el gran salto… al hambre

Mao Zedong y cómo una utopía convirtió a China en una pesadilla

En la historia existen gobiernos que fracasan porque enfrentan circunstancias que no pueden controlar, guerras que destruyen sus economías, desastres naturales que arrasan con sus cosechas o crisis internacionales que golpean a sociedades enteras. El caso del Gran Salto Adelante en China pertenece a una categoría particularmente oscura, porque una parte fundamental de la tragedia nació de decisiones políticas tomadas desde el propio poder. Entre 1958 y 1962, Mao Zedong intentó transformar aceleradamente la economía china mediante una gigantesca campaña de industrialización y reorganización rural. El resultado fue una catástrofe humana de dimensiones extraordinarias: la Gran Hambruna China de 1959-1961 provocó decenas de millones de muertes según las distintas estimaciones históricas y académicas.

Para entender cómo se llegó hasta allí hay que retroceder hasta 1949, cuando el Partido Comunista Chino tomó el poder después de décadas de guerra civil, invasión japonesa y fragmentación política. Mao se convirtió en la figura central de la nueva República Popular China y comenzó a construir un sistema socialista inspirado parcialmente en la experiencia soviética. Durante los primeros años, el nuevo régimen consiguió consolidar el control territorial del Estado y realizó profundas transformaciones económicas y sociales. La cuestión no era simplemente construir una nueva China, sino hacerlo a una velocidad que permitiera demostrar que el modelo socialista podía convertir rápidamente a un país predominantemente rural en una gran potencia industrial.

Ahí apareció uno de los problemas fundamentales del proyecto maoísta: la obsesión por alcanzar objetivos gigantescos en plazos extraordinariamente cortos. Mao no quería que China simplemente desarrollara su industria. Quería que el país acelerara el paso hasta alcanzar y eventualmente superar a las grandes potencias industriales. El Gran Salto Adelante nació de esa ambición. El gobierno pretendía aumentar simultáneamente la producción agrícola y la industrial, movilizando a millones de personas en una campaña nacional que buscaba transformar la estructura económica de China prácticamente de un día para otro. La idea podía presentarse como una epopeya de modernización, pero en la práctica convirtió la economía en un gigantesco experimento político.

Uno de los pilares del Gran Salto fue la creación de las comunas populares. Millones de campesinos fueron incorporados a enormes unidades colectivas en las que la producción agrícola dejó de organizarse principalmente alrededor de las familias y pasó a quedar subordinada a objetivos definidos por las autoridades. El campo dejó de ser solamente el lugar donde se producía comida y pasó a convertirse en una pieza de un proyecto nacional de industrialización. La frontera entre trabajo agrícola, trabajo industrial y movilización política comenzó a desaparecer.

El problema era que el gobierno estaba intentando producir resultados que no podían obtenerse simplemente mediante órdenes políticas. La agricultura depende de condiciones concretas: tierra, agua, conocimientos técnicos, incentivos, clima, herramientas y trabajo correctamente organizado. Ninguno de esos factores puede multiplicarse mediante consignas. Sin embargo, el sistema político construido alrededor de Mao premiaba a los funcionarios que demostraban entusiasmo y castigaba a quienes comunicaban malas noticias. Esa combinación fue devastadora.

Los funcionarios locales comenzaron a informar cifras de producción extraordinarias que muchas veces no reflejaban la realidad. Las autoridades tenían fuertes incentivos para demostrar que los objetivos establecidos desde arriba estaban siendo alcanzados. El resultado fue una cadena de estadísticas cada vez más alejadas de la realidad agrícola. Un estudio histórico conservado por la Library of Congress describe cómo las autoridades locales exageraron la producción mientras el rendimiento agrícola caía, y cómo el Estado continuó adquiriendo cereales sobre la base de esas cifras infladas. Esto redujo todavía más la cantidad de alimentos disponibles para el consumo de la población rural.

La tragedia se volvió todavía más profunda porque el sistema prácticamente destruyó la posibilidad de reconocer el error a tiempo. Si un funcionario admitía que la cosecha había sido mala, no estaba simplemente comunicando un dato económico. Podía estar reconociendo que las políticas del Partido estaban fracasando. En un sistema altamente centralizado, donde la autoridad política estaba concentrada alrededor de Mao, decirle al poder que su proyecto no funcionaba podía convertirse en un problema político.

El Gran Salto también estuvo acompañado por una movilización masiva de trabajadores hacia proyectos industriales y obras improvisadas. Uno de los ejemplos más conocidos fue la producción de acero en pequeños hornos instalados en distintas comunidades. La campaña pretendía demostrar que la población podía convertirse rápidamente en fuerza industrial. El problema era que una enorme cantidad de recursos humanos y materiales fueron desviados hacia actividades poco eficientes mientras la agricultura sufría una enorme presión.

En lugar de concentrarse en mejorar progresivamente la productividad agrícola y desarrollar una industria capaz de sostenerse técnicamente, el sistema buscaba resultados espectaculares. El crecimiento debía ser visible y rápido porque el éxito económico también funcionaba como demostración política de la superioridad del modelo. La economía terminó subordinada a la necesidad de cumplir objetivos políticos.

Mientras las estadísticas oficiales podían hablar de cosechas extraordinarias, en numerosos lugares los campesinos comenzaban a quedarse sin alimentos. El Estado continuaba retirando parte de la producción porque sus funcionarios creían, o necesitaban creer, que existían excedentes. La contradicción era brutal: sobre el papel había más comida que nunca, pero en las aldeas la gente comenzaba a pasar hambre.

La hambruna que siguió no puede explicarse únicamente por el clima. Las condiciones meteorológicas tuvieron importancia y hubo regiones afectadas por malas cosechas, pero la literatura histórica y económica sobre el período ha señalado el papel central de las políticas estatales, las comunas, las metas irreales, la extracción de grano y la incapacidad del sistema político para transmitir información verdadera hacia la cúpula. La propia existencia de una hambruna de semejante magnitud en un país que continuaba exportando y redistribuyendo alimentos demuestra que el problema no fue simplemente que China hubiera sufrido una mala cosecha.

La consecuencia fue una de las mayores catástrofes demográficas del siglo XX. Las estimaciones sobre el número de muertos varían porque las fuentes disponibles y los métodos utilizados por los investigadores son diferentes. Algunos estudios han calculado alrededor de 16,5 millones de muertes adicionales, mientras otras investigaciones han situado el número en torno a los 30 millones o incluso más. La Library of Congress recoge investigaciones que hablan de entre 16,5 y 30 millones de muertes, mientras otras obras académicas han utilizado cifras superiores a los 30 millones.

Detrás de esas cifras había personas que simplemente dejaron de tener comida. Las familias rurales fueron las principales afectadas porque el sistema económico había reducido su capacidad para controlar sus propios recursos y porque el Estado extraía alimentos de las comunidades de acuerdo con objetivos nacionales. La desnutrición provocó enfermedades, debilitamiento físico y una enorme mortalidad. Incluso quienes sobrevivieron cargaron durante décadas con las consecuencias de haber crecido durante la hambruna. Investigaciones posteriores encontraron efectos duraderos sobre la educación, el empleo y otras condiciones de vida entre las generaciones expuestas a la crisis durante la infancia o incluso antes del nacimiento.

Pero quizá uno de los aspectos más inquietantes del Gran Salto Adelante fue que el sufrimiento no se produjo en un vacío de información. Existían funcionarios y dirigentes que podían observar que algo estaba saliendo mal. Uno de los casos más importantes fue el del mariscal Peng Dehuai, quien expresó críticas sobre las consecuencias del Gran Salto. En lugar de convertirse en una oportunidad para revisar rápidamente la política, sus críticas terminaron provocando un enfrentamiento político con Mao y Peng fue posteriormente apartado del poder.

Ese episodio revela un problema que va mucho más allá de la economía. Cuando un sistema político concentra demasiado poder en una persona y convierte sus proyectos en verdades prácticamente incuestionables, la posibilidad de corregir errores disminuye. Una política equivocada puede mantenerse durante mucho tiempo no porque todos crean que funciona, sino porque quienes saben que está fracasando tienen miedo de decirlo.

La tragedia del Gran Salto Adelante demuestra precisamente ese mecanismo. Mao había construido un sistema en el que la movilización política podía ser utilizada para intentar modificar la realidad económica. Pero la economía no funciona como una campaña de propaganda. Una cosecha no aumenta porque un funcionario anuncie una cifra mayor. Una fábrica no se vuelve eficiente porque miles de personas sean obligadas a trabajar en ella. Un país no se industrializa simplemente porque su gobierno establezca que debe hacerlo.

Cuando la realidad comenzó a contradecir el proyecto, el sistema no corrigió inmediatamente sus errores. Durante un tiempo, la realidad fue adaptada al discurso oficial. Las estadísticas fueron exageradas, las metas continuaron siendo perseguidas y las malas noticias encontraron dificultades para llegar hasta los niveles superiores del poder. Mientras tanto, millones de personas sufrían las consecuencias.

Finalmente, la magnitud de la crisis obligó al liderazgo chino a modificar las políticas. A partir de 1960-1961 comenzaron medidas de reajuste, se redujeron algunas de las características más radicales de las comunas y se devolvieron determinadas parcelas privadas a los campesinos. La política económica comenzó a alejarse de algunos de los principios más extremos del Gran Salto.

Mao, sin embargo, no desapareció de la política china. Su influencia continuó siendo enorme y pocos años después protagonizaría otro de los episodios más traumáticos de la historia contemporánea del país: la Revolución Cultural, iniciada en 1966. Así, el fracaso del Gran Salto no significó inmediatamente el abandono del maoísmo. La estructura política que había permitido semejante desastre continuó existiendo y volvería a utilizarse para una nueva campaña de movilización política. La Library of Congress resume el período maoísta señalando que las mismas instituciones que habían contribuido a transformar China también produjeron algunos de sus peores fracasos, entre ellos la depresión industrial y la hambruna rural del Gran Salto Adelante y posteriormente la destrucción y el estancamiento asociados a la Revolución Cultural.

Por eso, hablar del Gran Salto Adelante solamente como una mala política económica sería quedarse corto. Fue también una lección sobre lo que puede ocurrir cuando la ideología se coloca por encima de la realidad, cuando los objetivos políticos reemplazan a los incentivos económicos y cuando el poder concentra la capacidad de decidir pero no acepta con facilidad la información que contradice sus decisiones.

Mao quería acelerar la historia. Quería que China dejara atrás su pobreza y se transformara rápidamente en una potencia industrial capaz de competir con las grandes naciones. El objetivo de modernizar China no era absurdo en sí mismo. El problema estuvo en el método utilizado y en la estructura política que permitió mantenerlo incluso cuando las consecuencias comenzaron a ser evidentes.

El Gran Salto Adelante terminó demostrando una paradoja terrible. Un gobierno que afirmaba actuar en nombre de los trabajadores y los campesinos terminó aplicando sobre millones de campesinos políticas que contribuyeron a quitarles el control sobre su producción y, en el peor momento de la crisis, sobre algo todavía más básico: la posibilidad de alimentarse.

La historia del maoísmo suele aparecer rodeada de imágenes de multitudes, banderas rojas, grandes discursos y proyectos gigantescos destinados a construir una nueva sociedad. Pero detrás de esa épica política existía una realidad mucho menos gloriosa. Había aldeas vacías, familias destruidas, cuerpos debilitados por el hambre y funcionarios atrapados entre lo que veían y lo que tenían permitido informar.

El Gran Salto Adelante fue presentado como el camino hacia una China poderosa. Terminó convirtiéndose en una de las mayores tragedias provocadas por políticas económicas y políticas de Estado en el siglo XX. Su enseñanza histórica no está únicamente en cuántas personas murieron, una cifra que los historiadores todavía discuten, sino en comprender cómo una combinación de poder concentrado, objetivos económicos irreales, miedo político y negación de la realidad pudo transformar un proyecto de modernización en una catástrofe humana de dimensiones gigantescas.

Mao quería demostrar que la voluntad política podía superar las limitaciones materiales. La hambruna demostró exactamente lo contrario: ningún líder, por poderoso que sea, puede ordenar a la realidad que deje de existir.



 

Comentarios

  1. me encantan estos articulos porque muestran una parte de la historia que los politicos kukardos choriplaneros ocultan

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