Rosas, el populista
No resulta secreto para nadie que la figura de Juan Manuel de Rosas es ciertamente controvertida en la historia argentina. No obstante, no lo es en el mismo sentido que se le asigna a otras, como la de Juan Domingo Perón. Esto, dado que no existe hoy en día un partido político rosista ni muchísimo menos, sino que lo es dado su rol tan central en la historia de la Argentina, el cual a su vez se ve fuertemente marcado por diversas polémicas que no provienen precisamente de hacer análisis anacrónicos.
Cuestiones como la violencia política, la negativa a asumir el poder sin la condición de poseer facultades extraordinarias o la suma del poder público, o la constante postergación de la firma de una constitución son algunos de estos eventos. Sin embargo, en este artículo no pienso ni mucho menos hacer un análisis histórico o político de tales eventos. Muy por el contrario, quisiese referirme a la retórica y propaganda rosista para que se entienda el porqué del título de este artículo.
Bajo mi óptica, Rosas comparte similitudes con el populismo entendido modernamente. Quisiera aclarar, no obstante, que no estoy diciendo bajo ninguna perspectiva que Rosas sea un populista moderno; simplemente menciono que existen características inexorablemente semejantes a lo que hoy conocemos bajo este término. Siendo este un análisis similar al que hice de Robespierre en su momento, que se encuentra en este blog y al cual invito amablemente al lector a que consulte. Habiendo hecho esta aclaración, comencemos.
Primero deberíamos definir dos cuestiones fundamentales: por un lado, qué se entiende por populismo y, por otro, en qué situación se encontraba la Argentina en la época rosista. Referido a la primera, podemos definir populismo como la metodología política basada en aspectos tales como el culto al líder, la división de la sociedad y el clientelismo, cuyo objetivo es la conformación de un núcleo duro de votantes amplio que garantice la defensa del partido. Si bien es cierto que no existe una única definición del concepto anterior, considero que la propuesta es lo suficientemente apta para nuestro análisis.
Luego, en lo referido al contexto político-social en la época rosista, podemos mencionar dos aspectos fundamentales. Por un lado, el conflicto entre unitarios y federales claramente palpable, que se veía reflejado en conflictos interprovinciales y que provocó cuestiones tales como la disolución de la autoridad presidencial en pro de una confederación con autonomía casi absoluta de las provincias, el asesinato de varios dirigentes o guerras interprovinciales. Por otro lado, encontramos un vacío de poder dada la inexistencia de un líder fuerte y carismático en Buenos Aires, ciudad que actuaba como centro de comercio dada la posesión del puerto. Es bajo este escenario que aparece la figura de Rosas.
Lo primero a tener en cuenta es que el personaje al cual nos estamos refiriendo políticamente se definía como federal, esto en la época de mayor conflicto entre unitarios y federales. Luego existe la discusión histórica de si genuinamente él mismo poseía tal identidad o si, por el contrario, era un unitario que se definía como federal por sus propios objetivos o por una maniobra política, cuestión en la cual no tengo intención de ahondar en estos momentos.
Lo importante es que esta identidad de federal terminó por constituirse en el núcleo político de toda la propaganda rosista y de toda la retórica empleada por el gobierno de El Restaurador, apodo sobre el cual volveremos próximamente.
A partir de este discurso se generan dos cuestiones fundamentales propias del populismo entendido como metodología: por un lado, la división del pueblo en dos bloques (el enemigo y el aliado) y, por otro lado, el culto al líder, siendo ambos elementos reflejados en el lenguaje utilizado.
Iniciando por la división del pueblo, podemos ver claramente que no existía bajo la óptica rosista la posibilidad de ser un buen ciudadano y, en simultáneo, poseer ideas unitarias. Tampoco se podía oponer a Rosas y, a la vez, no ser tildado de unitario. No porque esto sea una inconsistencia teórica, sino porque el discurso político defendía tal postura.
Esto se veía reflejado en las propagandas rosistas con eslóganes como «Muerte a los salvajes, asquerosos unitarios», acompañado de un «Viva el Restaurador» y, posteriormente, agregando «y su esposa Encarnación Ezcurra». Lo cual, aunque sutil, demuestra claramente que aquel que no defienda al Restaurador es su enemigo y, por consecuencia, un unitario salvaje, asqueroso y bruto.
Dicha cuestión se ve complementada con el culto al líder existente. Ya mencionamos la presencia de la frase «Viva el Restaurador» en la propaganda más célebre de la época, pero esto no es lo único. Pues no es secreto para nadie que Rosas, dentro de todo lo cuestionable que tiene, indudablemente es alguien que ayudó y fue fundamental en el establecimiento de una paz cuanto menos mayor y más estable que la existente hasta el momento previo a su primer gobierno.
Es dicha actuación la que le valió el mote de El Restaurador: aquel que trajo de nuevo la paz. Cuestión que fue aprovechada por Rosas hasta sus últimas consecuencias, característica propia de los líderes populistas. Es así como Rosas dejó de ser Juan Manuel para sus seguidores y pasó a convertirse únicamente en El Restaurador.
De esta manera se crea una identidad donde nosotros no es que apoyamos a un hombre: apoyamos a aquel que trajo consigo una paz nueva que se había quedado perdida en el olvido. Y aquel que se le oponga es, como consecuencia, alguien que se opone a esta restauración de las leyes.
Algo similar ocurrió con Robespierre, quien se autodenominaba El Incorruptible, dando de esta manera una imagen de pulcritud a su gobierno y haciendo que quienes lo apoyaban apoyaran efectivamente a alguien que no podía ser corrompido, mientras que quienes se le oponían eran, en consecuencia, defensores de la corrupción. Siendo esto una estrategia metodológica y dialéctica más que utilitaria, pues un mote no cambia una realidad, pero sí fortalece un discurso, lo cual muchas veces es más importante que lo empíricamente observable a la hora de analizar la realidad política.
En la conjunción del culto al líder y de la división del pueblo en aliados y enemigos (en este caso federales y unitarios, respectivamente), surge un elemento que tiende a aparecer en los populismos modernos: la violencia política, que termina convirtiéndose muchas veces en violencia entre civiles.
Esta es una cuestión que en un primer momento fue propulsada por la propia propaganda. La asignación de adjetivos descalificativos de forma casi ampulosa para describir al unitario —es decir, al opositor de Rosas en este contexto— es un claro recurso de violencia política. Lo cual se ve acompañado, a su vez, del exilio, ya sea voluntario o motivado por la presión, de varios opositores como Sarmiento o Echeverría. Incluso otros, como Alberdi, que no eran unitarios, decidieron tomar el camino del exilio por oponerse a Rosas.
Pero la situación no quedaría únicamente en los panfletos y los discursos, sino que terminó extrapolándose a grupos violentos. El más claro es la Mazorca, un organismo que podríamos denominar parapolicial, el cual se encargaba de que todo aquel que pudiese llegar a ser opositor a Rosas fuese escarmentado.
Es así que la Mazorca se encargaba de cosas tales como castigar a quienes no portaban la divisa punzó, así como también amenazar y atacar públicamente a quienes poseyeran ideas unitarias o antirrosistas.
Otra característica del rosismo que podríamos considerar como populista en cierto punto es la concentración de poder, pues no es raro que aquellos que siguen esta metodología utilicen o busquen mecanismos para aumentar las atribuciones de su investidura de forma directa o indirecta. De cualquier forma, no es algo obligatorio, a diferencia de como lo son la división de la sociedad o el culto al líder; no obstante, es algo que normalmente suele acontecer.
Y aquí claramente Rosas cuenta con un antecedente importante en la suma del poder público y las facultades extraordinarias. Las primeras que poseyó fueron las facultades del Legislativo (es decir, las facultades extraordinarias durante su primer mandato). Aquellas que no se le quisieron renovar para una reelección provocaron que terminara alejándose de la gobernatura de la provincia de Buenos Aires, la cual entró en un periodo de inestabilidad promovido en gran medida por los fanáticos rosistas que buscaban el regreso del Restaurador. Este terminó siendo llamado por la Legislatura para un segundo mandato, pidiendo como requisito la suma del poder público —es decir, facultades no solo del Legislativo, sino también del Judicial—, las cuales le fueron asignadas y que fue capaz de retener hasta el final de su gobierno.
Por lo cual, a modo de conclusión, nos resta preguntarnos: ¿Rosas era un populista? Mi respuesta es que no, pues para aquella época no había aún un concepto de populismo. Lo que sí es cierto es que muchas características de lo que hoy en día conocemos bajo dicho término están presentes en el gobierno rosista, como también lo estaban en el de Robespierre, mencionado anteriormente. No obstante, no podemos designarlos bajo esta categoría al ser un concepto inexistente para aquellos años.
Sin más que agregar, quisiera agradecer al lector por su atención. Espero que le haya entretenido este artículo y, sobre todo, que lo ayude a reflexionar y entender algo fundamental que busco transmitir. Pues parece que la Argentina ha tenido a lo largo de su historia una larga cantidad de líderes personalistas que se remonta inclusive a tiempos previos al populismo moderno, siendo quizás Rosas el máximo exponente del personalismo previo al populismo o "proto-populismo", si se busca una denominación un tanto más combativa.

El problema del artículo es que parece querer demostrar que Rosas era “populista” y termina demostrando algo bastante distinto: que era un líder personalista de su época.
ResponderBorrarPorque si para llamar a Rosas “populista” primero tenemos que aclarar que no era populista, que el concepto todavía no existía y que solamente tenía “características similares” a las del populismo moderno, entonces quizás el problema no está en Rosas sino en la categoría que estamos intentando imponerle.
Dividir a la sociedad entre amigos y enemigos, construir una imagen casi sagrada del líder, perseguir opositores, utilizar propaganda y concentrar poder no son inventos del populismo. Si usamos esa vara, podríamos encontrar “proto-populistas” prácticamente en cualquier siglo: desde emperadores romanos hasta revolucionarios franceses.
Y hay algo todavía más problemático: reducir el federalismo rosista a una herramienta propagandística para fabricar un “núcleo duro de votantes” es trasladar conceptos propios de la política de masas contemporánea a una sociedad que funcionaba con reglas políticas completamente diferentes.
Rosas no tenía TikTok, encuestas, marketing electoral ni un sistema partidario moderno. Tenía otra cosa: una sociedad atravesada por guerras civiles, disputas entre provincias, conflictos entre unitarios y federales y una estructura política completamente distinta a la actual.
Eso no significa justificarlo ni negar la violencia política, la Mazorca, la concentración de poder o la persecución de opositores. Todo eso puede analizarse perfectamente sin necesidad de meter a Rosas dentro de una categoría que todavía no existía.
Y, paradójicamente, el propio artículo termina reconociéndolo: “Rosas no era populista”.
Entonces queda una pregunta bastante incómoda: ¿para qué llamarlo “el populista” si después necesitamos explicar durante todo el artículo por qué en realidad no lo era?
Quizás la etiqueta más interesante no sea “proto-populista”, sino simplemente “personalista”. Porque ahí no necesitamos forzar una categoría moderna sobre el siglo XIX para que la historia nos encaje en una discusión política del presente.
El problema de tu crítica es que confundís “el concepto moderno no existía” con “no puede utilizarse como categoría de análisis histórico”. Si aplicáramos ese criterio, tampoco podríamos hablar de autoritarismo, nacionalismo, imperialismo o totalitarismo para estudiar sociedades anteriores a la aparición de esos términos.
ResponderBorrarNadie está diciendo que Rosas fuera un populista del siglo XXI, ni que tuviera encuestas, TikTok o marketing electoral. La comparación apunta a identificar mecanismos políticos que después serían centrales en distintas experiencias populistas: la construcción de un líder como encarnación del “pueblo”, la división entre un “nosotros” y un “ellos”, la deslegitimación del adversario, la movilización política alrededor de una figura personal y la apelación permanente a una identidad popular.
Y sí, muchas de esas características también aparecen en otros regímenes. Eso no refuta la comparación: simplemente demuestra que un fenómeno político puede compartir mecanismos con otros fenómenos sin ser idéntico a ellos.
Además, decir “Rosas era personalista” no invalida hablar de rasgos proto-populistas. Una cosa describe la estructura del poder y otra analiza la forma en que ese poder construía legitimidad y relación con determinados sectores sociales.
Y lo del “núcleo duro de votantes” es una simplificación bastante floja si eso es lo que entendiste del argumento. Precisamente porque el contexto institucional era diferente, hay que estudiar cómo se construía adhesión política en el siglo XIX, no exigir que Rosas hiciera campaña como un candidato de 2026.
La frase “Rosas no era populista” tampoco es una contradicción. Es justamente la aclaración necesaria para no hacer una equivalencia absurda entre el rosismo y los populismos contemporáneos. “Proto-populista” significa, justamente, que presenta elementos que permiten establecer una genealogía o comparación, no que Rosas haya sido literalmente un dirigente populista moderno.
En definitiva, podés discutir si la categoría “proto-populismo” es útil, si está bien aplicada o si existen categorías mejores. Eso sí sería una crítica histórica interesante.
Pero decir “como el populismo moderno no existía, entonces no podemos anali