Xi “Mao con Wi-Fi: cómo China construyó un monstruo”

 Xi Jinping: cómo China dejó de ser la fábrica del mundo para convertirse en un monstruo de poder

Durante décadas, Occidente miró a China y vio principalmente una cosa: una enorme fábrica. Allí se producían zapatillas, juguetes, celulares, electrodomésticos, herramientas y prácticamente cualquier producto que pudiera fabricarse a gran escala. La China de Deng Xiaoping había entendido que podía enriquecerse utilizando el mercado, atrayendo inversiones extranjeras y convirtiéndose en el centro manufacturero del planeta. Después llegaron décadas de crecimiento acelerado y cientos de millones de personas salieron de la pobreza. Pero cuando Xi Jinping llegó al poder en 2012, China ya no era simplemente el país pobre que Deng había recibido después de Mao. Era una potencia económica gigantesca. Y Xi tomó una decisión que cambiaría nuevamente el rumbo del país: China ya no debía conformarse con fabricar lo que inventaban otros.

Tenía que aprender a dominar las tecnologías que definirían el siglo XXI.

Xi Jinping no heredó la China de Mao. Heredó la China construida después de Mao. Esa diferencia es fundamental. Deng había creado un sistema mucho más pragmático, donde el Partido Comunista conservaba el poder político mientras permitía que el mercado desempeñara un papel cada vez mayor en la economía. Sus sucesores continuaron ese proceso y China se convirtió en una potencia comercial e industrial. Para cuando Xi llegó a la presidencia, el país ya tenía una población gigantesca, una infraestructura extraordinaria, enormes reservas industriales y una posición central en las cadenas de suministro mundiales.

Xi entendió que todo eso podía convertirse en algo mucho más grande.

Su proyecto no consistía solamente en que China fuera rica. La riqueza debía convertirse en capacidad tecnológica, militar y estratégica. China tenía que dejar de depender de las tecnologías extranjeras que podían ser utilizadas como instrumento de presión contra ella. Esa idea se volvió especialmente importante en sectores como los semiconductores, la inteligencia artificial, las telecomunicaciones, la robótica, el espacio, las baterías y los vehículos eléctricos.

Una de las expresiones más conocidas de esta estrategia fue “Made in China 2025”, un programa orientado a elevar la capacidad tecnológica y manufacturera china en sectores considerados estratégicos. Entre sus objetivos estaba reducir la dependencia de proveedores extranjeros y aumentar la producción nacional de componentes avanzados. El Consejo de Relaciones Exteriores señala que la estrategia buscaba precisamente disminuir la dependencia tecnológica de China y fortalecer a sus fabricantes de alta tecnología en el mercado mundial.

La diferencia con la China de Deng es enorme. Deng necesitaba capital extranjero, tecnología extranjera y mercados extranjeros para acelerar el desarrollo chino. Xi quiere que China siga comerciando con el mundo, pero sin quedar atrapada en una posición de dependencia tecnológica. En otras palabras, Deng quería que China aprendiera de las potencias desarrolladas. Xi quiere que China pueda competir con ellas en las tecnologías más avanzadas.

Y ahí comienza a aparecer el monstruo.

China empezó a invertir cantidades enormes de recursos en industrias estratégicas. El Estado puede dirigir crédito, subsidios, infraestructura, universidades, empresas estatales y programas de investigación hacia sectores considerados importantes para la seguridad nacional. En una economía del tamaño de China, incluso una política que produzca resultados modestos puede generar empresas y capacidades gigantescas.

El resultado se puede observar en industrias como los vehículos eléctricos, las baterías, la energía solar y las telecomunicaciones. China consiguió construir cadenas de producción completas a una escala difícil de igualar. No se limitó a fabricar el producto final. También desarrolló proveedores de materias primas, componentes, baterías, maquinaria, logística y sistemas de distribución.

Ese es uno de los grandes secretos del poder industrial chino: la escala.

Un país puede tener una empresa excelente. China puede tener una industria completa.

Puede fabricar las baterías, los motores, los componentes electrónicos, los paneles solares y buena parte de la maquinaria necesaria para producirlos. Esa concentración industrial le permite reducir costos, aumentar la producción y aprender rápidamente. Una empresa mejora su producto; cientos de proveedores modifican simultáneamente sus procesos; el Estado construye infraestructura; las universidades forman trabajadores especializados y los fabricantes vuelven a aumentar la producción.

La economía empieza a funcionar como una gigantesca maquinaria coordinada.

Pero Xi no quería únicamente una potencia industrial.

También quería una potencia tecnológica.

La inteligencia artificial ocupa un lugar especialmente importante dentro de esta estrategia. China ha intentado desarrollar capacidades propias en inteligencia artificial, computación, telecomunicaciones y tecnologías de uso dual, es decir, tecnologías que pueden tener aplicaciones tanto civiles como militares. El modelo chino busca reducir la distancia entre el sector civil y el militar mediante la llamada “fusión civil-militar”, una estrategia que Xi elevó a prioridad nacional y que busca facilitar la utilización de avances tecnológicos civiles para objetivos de defensa.

Esto cambia completamente la naturaleza del desafío chino.

Porque ya no estamos hablando simplemente de competir por vender más celulares.

Estamos hablando de quién dominará las tecnologías que pueden determinar la economía y la seguridad nacional durante las próximas décadas.

Semiconductores, inteligencia artificial, satélites, robótica, drones, computación avanzada, sistemas de comunicaciones y tecnologías militares están cada vez más conectados. La frontera entre economía y seguridad nacional se vuelve cada vez más difícil de distinguir.

Y Xi quiere que China tenga autonomía en todas esas áreas.

Pero existe otra transformación todavía más profunda: la política.

Deng había permitido una cierta descentralización económica y una mayor autonomía relativa de empresas y gobiernos locales. Xi comenzó a recentralizar el poder. El Partido Comunista volvió a ocupar un lugar mucho más visible dentro de las empresas, las instituciones educativas, la sociedad y la economía.

El resultado es un modelo en el que el mercado sigue existiendo, las empresas privadas siguen siendo fundamentales y China continúa comerciando con el mundo, pero el Partido deja cada vez más claro que ningún sector de la sociedad está por encima de su autoridad.

Esto se observa también en la relación entre las grandes empresas tecnológicas y el Estado. Durante los primeros años de expansión de compañías como Alibaba, Tencent y otras gigantes digitales, parecía que China estaba creando un sector privado tecnológico que podía desarrollarse con enorme autonomía. Durante la era Xi, Pekín dejó claro que esas empresas debían alinearse con las prioridades políticas y regulatorias del Partido.

La transformación no significa que el sector privado haya desaparecido. Significa que su margen de autonomía política es mucho más limitado.

Y ahí aparece una de las grandes diferencias entre Deng y Xi.

Deng parecía preguntarse cómo podía utilizar el mercado para hacer más poderoso al Estado.

Xi parece preguntarse cómo puede utilizar el mercado, la tecnología y las empresas para hacer al Estado todavía más poderoso.

La diferencia es sutil, pero enorme.

Porque Xi no está intentando regresar a la economía de Mao. No está destruyendo el mercado. No está eliminando las empresas privadas ni cerrando China al mundo. Su modelo es mucho más sofisticado. El mercado continúa funcionando, pero dentro de límites políticos cada vez más definidos por el Partido Comunista.

Mientras tanto, Xi también consolidó un poder político mucho mayor alrededor de su figura. En 2018 se eliminó de la Constitución china el límite de dos mandatos presidenciales consecutivos, una modificación que abrió el camino para que Xi continuara en el poder más allá del período que habría limitado a sus predecesores.

La concentración de poder no se limita al cargo presidencial. Xi acumuló las principales posiciones de dirección del Partido, del Estado y de las Fuerzas Armadas. En 2022 consiguió un tercer mandato como secretario general del Partido Comunista y mantuvo su control sobre las estructuras centrales del sistema.

En septiembre de 2026, esa concentración sigue siendo visible. Dos altos mandos militares, Zhang Youxia y Liu Zhenli, fueron expulsados del Partido y de las Fuerzas Armadas bajo acusaciones de deslealtad, corrupción y graves violaciones disciplinarias. Zhang había sido vicepresidente de la Comisión Militar Central y era considerado durante años uno de los dirigentes militares más próximos a Xi. El episodio muestra hasta qué punto la disciplina y la lealtad política siguen siendo elementos centrales del sistema construido bajo Xi.

La lucha contra la corrupción ha sido una de las grandes banderas de Xi. Miles de funcionarios han sido investigados y castigados durante su mandato. El gobierno sostiene que estas campañas son necesarias para limpiar el Partido y combatir prácticas corruptas. Pero también han tenido otra consecuencia política: reforzar la disciplina interna y la autoridad de Xi.

El poder económico y el poder político comenzaron a funcionar como dos caras de la misma estructura.

China puede movilizar recursos a una escala extraordinaria porque tiene un Estado extremadamente poderoso. Pero esa misma concentración implica que una decisión política equivocada también puede afectar a una enorme cantidad de personas y empresas.

La pandemia mostró precisamente esa contradicción.

La política de “cero COVID” permitió al gobierno aplicar confinamientos extraordinariamente estrictos durante largos períodos. El Estado podía controlar movimientos, cerrar ciudades enteras y aplicar restricciones que serían mucho más difíciles de implementar en sistemas políticos más descentralizados. Pero la política también produjo fuertes costos económicos y sociales y finalmente fue abandonada abruptamente a finales de 2022.

La experiencia dejó una pregunta importante sobre el modelo de Xi: ¿qué sucede cuando un sistema tiene una capacidad gigantesca para ejecutar decisiones, pero también concentra la capacidad de equivocarse?

Ese problema se vuelve todavía más importante cuando hablamos de información.

Human Rights Watch sostiene que bajo Xi se ha producido una mayor centralización del control político y una intensificación de la censura, la vigilancia y la persecución de críticos del gobierno. La organización también documenta restricciones particularmente severas en Xinjiang y Tíbet y el deterioro de libertades civiles en Hong Kong.

La situación de Xinjiang constituye uno de los aspectos más graves y controvertidos de la política interna china. Human Rights Watch sostiene que las autoridades han cometido crímenes contra la humanidad contra la población uigur y otros grupos túrquicos, incluyendo detenciones arbitrarias, vigilancia masiva, tortura, trabajo forzado y persecución cultural y religiosa. El gobierno chino rechaza estas acusaciones y presenta sus políticas en Xinjiang como medidas destinadas a combatir el terrorismo y promover el desarrollo y la estabilidad.

En Hong Kong, la transformación también fue profunda. Después de las protestas de 2019, Beijing impuso en 2020 una Ley de Seguridad Nacional y posteriormente se aprobaron nuevas medidas de seguridad. Organizaciones de derechos humanos sostienen que esas políticas redujeron drásticamente el espacio para la oposición política, la libertad de expresión y la sociedad civil.

Esta es la parte de la China de Xi que no aparece cuando se muestran sus trenes de alta velocidad, sus fábricas automatizadas o sus gigantescas ciudades.

El mismo Estado que puede construir una infraestructura impresionante también posee una capacidad extraordinaria para vigilar a sus ciudadanos.

El mismo gobierno que puede movilizar recursos para desarrollar inteligencia artificial puede utilizar tecnologías digitales para aumentar la vigilancia.

El mismo sistema que puede ejecutar políticas industriales durante décadas puede imponer restricciones políticas durante décadas.

Por eso la China de Xi es tan diferente de la imagen tradicional de una dictadura comunista pobre.

No es Corea del Norte.

Tampoco es la Unión Soviética de los años cincuenta.

Es algo mucho más complejo: una potencia económica integrada profundamente en el capitalismo mundial, con empresas privadas gigantescas, mercados financieros, multimillonarios, universidades modernas y tecnología avanzada, pero gobernada por un Partido Comunista que mantiene un control político extraordinariamente amplio.

Ese modelo tiene además una dimensión internacional.

China ya no quiere simplemente vender productos al mundo. Quiere construir infraestructura, financiar proyectos, exportar tecnología y aumentar su influencia económica y diplomática. La Iniciativa de la Franja y la Ruta es uno de los instrumentos más conocidos de esta estrategia. La dimensión digital también forma parte del proyecto, con inversiones en cables de fibra óptica, redes móviles, centros de datos, satélites y ciudades inteligentes en distintos países. El Consejo de Relaciones Exteriores ha señalado que Beijing busca que esos vínculos económicos también aumenten su influencia sobre las reglas y la infraestructura tecnológica internacional.

Y luego está el ejército.

Durante décadas, China tenía unas Fuerzas Armadas enormes pero tecnológicamente muy inferiores a las de Estados Unidos. Xi convirtió la modernización militar en una prioridad central. El objetivo no es simplemente tener más soldados. Es disponer de una fuerza militar tecnológicamente avanzada, integrada con sistemas de inteligencia, satélites, misiles, drones, ciber capacidades, inteligencia artificial y una industria nacional capaz de producir armamento sofisticado.

La conexión entre empresas civiles y objetivos militares vuelve a aparecer aquí. China busca que los avances de la industria tecnológica también puedan fortalecer su capacidad militar.

Esto ayuda a entender por qué Washington considera a China no solamente un competidor comercial, sino un competidor estratégico.

La disputa ya no gira únicamente alrededor de quién fabrica más barato.

Gira alrededor de quién controla las tecnologías críticas.

Quién domina las cadenas de suministro.

Quién produce los chips.

Quién controla las baterías.

Quién desarrolla mejores sistemas de inteligencia artificial.

Quién posee las mayores capacidades industriales.

Quién puede construir barcos de guerra a mayor velocidad.

Quién controla determinadas materias primas.

Quién tiene influencia sobre las redes digitales.

Y quién puede sostener todo eso durante décadas.

Xi quiere que China tenga respuestas favorables en todas esas preguntas.

Pero existe una paradoja.

El modelo que permitió a China alcanzar una escala extraordinaria también enfrenta problemas. El crecimiento económico ya no es el mismo que durante las décadas de expansión más acelerada. El país enfrenta una población envejecida, problemas en el sector inmobiliario, altos niveles de deuda y la necesidad de aumentar la productividad mientras la economía se transforma.

El propio Banco Mundial señala que China enfrenta una transición desde un modelo basado fuertemente en inversión y manufactura hacia uno que necesita apoyarse más en productividad, consumo y servicios.

Esto significa que el monstruo también tiene límites.

Una población gigantesca no puede crecer para siempre.

La infraestructura no puede expandirse indefinidamente.

El endeudamiento no puede aumentar sin consecuencias.

Las empresas no pueden recibir subsidios ilimitados.

Y la innovación tecnológica no puede ser completamente planificada desde un escritorio.

Xi está intentando resolver esas contradicciones con una combinación de intervención estatal, inversión tecnológica, expansión de industrias estratégicas y mayor control político.

La gran pregunta histórica es si esa combinación será suficiente para mantener el ascenso chino.

La respuesta todavía no está escrita.

Pero una cosa sí está clara.

Deng convirtió a China en una potencia económica porque permitió que el mercado transformara un país pobre.

Xi está intentando transformar esa potencia económica en algo mucho más grande: una potencia tecnológica, militar y geopolítica capaz de competir con Estados Unidos por el liderazgo mundial.

Mao quiso convertir a China en una sociedad revolucionaria.

Deng quiso convertirla en una economía próspera.

Xi quiere convertirla en una superpotencia.

Y ahí está la verdadera transformación.

El Partido Comunista chino aprendió después de Mao que destruir los incentivos económicos podía destruir al país. Con Deng descubrió que el mercado podía enriquecerlo. Con Xi está intentando demostrar que el Estado puede utilizar esa riqueza para construir una potencia tecnológica y militar sin renunciar al control político.

China ya no es simplemente la fábrica barata del mundo.

Es uno de los principales centros industriales del planeta, una potencia tecnológica en expansión, una potencia militar cada vez más sofisticada y un Estado con capacidad para proyectar influencia mucho más allá de sus fronteras.

El monstruo no apareció de repente.

Mao puso en marcha la revolución.

Deng abrió la economía.

Las generaciones posteriores construyeron la industria.

Y Xi está intentando convertir todo ese poder acumulado en una nueva arquitectura de poder mundial.

La gran incógnita es hasta dónde puede llegar.

Porque una China rica ya era importante.

Una China industrial era enorme.

Pero una China que además controle tecnologías estratégicas, tenga una industria militar gigantesca, posea capacidad financiera, domine cadenas de suministro críticas y mantenga un Estado capaz de movilizar recursos durante décadas sería algo completamente diferente.

Ese es el proyecto de Xi Jinping.

No se trata simplemente de hacer que China sea rica.

Se trata de hacer que sea difícil ignorarla, difícil presionarla y, sobre todo, difícil competir con ella.




Comentarios

  1. ¡Muy buen análisis político!

    Desde mi punto de vista, China sigue siendo China. ¿A qué voy con esto? A que no es que de repente se convirtió en una potencia tecnológica: es el resultado de largas décadas de trabajo y de un proceso de progreso económico continuo.

    Sí discrepo con el análisis de que Xi Jinping esté haciendo crecer la economía china. En mi opinión, el mayor intervencionismo del Partido Comunista en las empresas privadas y el aumento del control estatal han contribuido a un desaceleramiento del crecimiento respecto de las décadas anteriores.
    Quizás Xi esté logrando aumentar el peso geopolítico de China a nivel mundial, pero considero que esto puede estar teniendo costos importantes para la población china y para el dinamismo de su economía. En ciertos aspectos, incluso podría establecerse una comparación con la Unión Soviética: una creciente capacidad estatal y geopolítica que no necesariamente se traduce en un mayor bienestar económico para la población.

    De todas maneras, coincido con varios de los puntos planteados en el análisis. China efectivamente ha dejado de ser simplemente la “fábrica barata del mundo” y se ha convertido en una potencia industrial y tecnológica de enorme importancia.

    El punto que me parece fundamental es que este proceso no comenzó con Xi. Mao inició la revolución, Deng Xiaoping abrió la economía y permitió una mayor utilización de los mecanismos de mercado; las generaciones posteriores construyeron sobre esa base industrial y económica; y Xi está intentando transformar todo ese poder acumulado en influencia tecnológica, militar y geopolítica.

    Por eso, más que preguntarnos si China se convirtió de repente en una superpotencia, creo que deberíamos preguntarnos cuánto de ese crecimiento puede sostenerse bajo el modelo actual.

    Saludos.

    B.L.

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  2. El artículo no sostiene que Xi haya creado de la nada la potencia china, y justamente ahí está uno de sus puntos fuertes. La idea central es que Xi heredó una China que ya había sido transformada por Deng y las generaciones posteriores, pero decidió utilizar esa riqueza industrial para construir algo distinto.

    Deng entendió que China necesitaba abrirse al mercado, atraer capital extranjero y convertirse en la fábrica del mundo. Xi parte de esa base, pero intenta dar el siguiente paso: que China deje de depender de las tecnologías desarrolladas por otros y sea capaz de producirlas, dominarlas y utilizarlas como instrumentos de poder.

    Por eso el artículo habla de semiconductores, inteligencia artificial, baterías, vehículos eléctricos, telecomunicaciones, robótica, infraestructura y modernización militar. No se trata simplemente de fabricar más productos baratos. Se trata de controlar las cadenas de valor y las tecnologías estratégicas.

    También es importante la comparación entre Deng y Xi. El artículo no afirma que Deng fuera liberal ni que Xi haya eliminado el mercado. De hecho, sostiene exactamente lo contrario: el mercado sigue existiendo y las empresas privadas continúan teniendo un papel enorme, pero bajo límites políticos mucho más definidos por el Partido Comunista.

    Y esa es probablemente la parte más interesante del argumento: China no volvió al modelo económico de Mao. Aprendió la lección de Mao y conservó los mecanismos que hicieron posible su crecimiento, pero los puso al servicio de un Estado mucho más poderoso.

    Incluso la metáfora del “monstruo” funciona si se entiende correctamente. No significa que China sea invencible ni que Xi haya conseguido un éxito absoluto. El propio artículo reconoce envejecimiento demográfico, deuda, crisis inmobiliaria, menor crecimiento y límites a la planificación estatal.

    El punto es otro: si un país ya posee una gigantesca industria, enormes capacidades financieras, cadenas de suministro completas, universidades, empresas tecnológicas, capacidad militar y un Estado capaz de movilizar recursos durante décadas, su poder potencial es muy diferente al de la China que simplemente exportaba productos baratos.

    Por eso la conclusión del artículo es razonable: Mao construyó el Estado revolucionario, Deng transformó la economía y Xi está intentando convertir ese poder económico acumulado en poder tecnológico, militar y geopolítico.

    Se puede discutir si Xi conseguirá su objetivo. Lo que resulta difícil discutir es que la naturaleza del poder chino cambió. China ya no compite solamente por fabricar más barato. Compite por controlar tecnologías, industrias y cadenas de suministro que pueden determinar quién tendrá mayor capacidad económica y estratégica durante las próximas décadas.

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  3. pensar que los kukardo no dicen nada sobre esto

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