Robespierre, el primer populista
Dada la conmemoración de un nuevo aniversario de la toma de la Bastilla, con la cual se suele simbolizar el inicio de la Revolución Francesa, considero que es oportuno publicar este artículo. Sin lugar a dudas, este fue uno de los eventos más importantes de la historia y que marcó profundamente a fuego a Occidente y, como consecuencia, al resto del mundo, formándolo para lo que conocemos hoy.
No obstante, creo que existe un romanticismo excesivo para con este evento, el cual fue, en definitiva, un baño de sangre y una continuación de idas y venidas de problemas políticos que no terminaron hasta la caída de Napoleón III, habiendo pasado entre medio la vuelta a la monarquía, dos imperios, el Directorio y, lo que nos compete en esta oportunidad, el período del Terror.
Aquel estadio de aproximadamente un año, donde se ejecutó en la guillotina a 17.000 personas aproximadamente, es, sin lugar a dudas, uno de los más característicos del proceso revolucionario francés. Siendo que el mayor artífice y personaje característico del mismo es el señor Maximilien Robespierre.
A este podemos asemejarlo en gran medida con líderes y comportamientos que hoy, en la actualidad, son conocidos como populistas. Desde ya quiero comunicar que este artículo no pretende ser, ni mucho menos, una declaración de que el populismo, como metodología, inició con Robespierre. Simplemente quiero explicar algunas similitudes que el francés tuvo con el accionar que hoy llamamos populista y cómo eso refleja que los procesos revolucionarios, en definitiva, conducen a regímenes de características similares, pese a los notorios cambios dados por la época y la cultura existente en el momento.
Como primer punto conviene explicar en qué situación nos encontramos previo a que Robespierre tome el poder y se provoque la época del Terror. Para este momento ya pasó la toma de la Bastilla y nos encontramos con un rey al cual se le entregó el poder ejecutivo, una asamblea formada esencialmente por tres grupos. A los que estaban sentados a la derecha del rey se los denominó girondinos, puesto que la mayoría provenía de Gironda. Ellos eran partidarios de mantener al rey y de realizar cambios un tanto más pacíficos y lentos. En medio se encontraban posicionados aquellos que hoy podríamos denominar centristas, posturas más intermedias y, ante todo, negociadores que, a pesar de no coincidir con el resto de grupos, buscan el concilio como herramienta de política. Y, finalmente, a la izquierda se encontraban los jacobinos, comandados por nuestro protagonista.
Es de aquí también que se desprenden los términos izquierda y derecha, que hoy tanto se utilizan y que ciertamente han perdido su eficacia y significado conforme han ido avanzando los tiempos. Sin embargo, esta es cuestión para otro momento.
El punto es que en junio de 1793 los jacobinos, hartos de tener que compartir el poder con sus contrapartes más conservadoras y de mantener al rey en el poder, deciden poner fin a esta época de relativa estabilidad para imponer su reinado, colocando en el poder a lo que se denominó como el Comité de Salvación Pública.
Este contexto ya es suficiente para lo que deseo hacer en el resto del artículo, pues mi objetivo es detallar la política y metodología de Robespierre y no hacer un resumen histórico.
Lo primero a tener en cuenta es cómo se autodenominaba a sí mismo el líder de los jacobinos. Pues este portaba el mote de “El Incorruptible”, aquel que posee una naturaleza imposible de corromper y, por ende, es óptimo para estar en un gobierno y comandarlo, ya que sería imposible que cayera ante los vicios que trae consigo el poder.
Y, por más que al lector le parezca algo asombroso, el gobierno de Robespierre fue extremadamente corrupto, así como también fue sucedido por el Directorio, el cual también fue en extremo corrupto.
Ahora bien, no buscaba ser incorruptible; buscaba dar la imagen y, en efecto, lo logró. Esto, por lo menos, por un tiempo y no de la forma más óptima ni correcta posible. Pues la única manera en la cual el líder de los jacobinos logró mantener tal posición, a pesar de los evidentes vicios de su mandato, fue por la cantidad absurda de ejecuciones que llevó a cabo durante su gobierno.
Para explicarlo haré simplemente una demostración matemática muy simple y que cualquier persona puede hacer. Durante el gobierno del Terror, el cual comprendió el período entre el 27 de julio de 1793 hasta el arresto de Robespierre exactamente un año después. No obstante, para beneficio del líder del Comité de Salvación Pública, diremos que fueron 400 días de mandato. En estos días aproximadamente cuarenta mil personas murieron, de las cuales unas diecisiete mil fueron ejecutadas oficialmente por sentencia y el resto murió en ejecuciones sumarias, cárceles o represión. Haciendo matemáticas básicas nos da como resultado que se reprimen o mataban aproximadamente a cien personas por día en la este período, y solamente en ejecuciones llegaríamos a más de cuarenta guillotinados al día. Siendo que, recordemos, estamos utilizando una cifra que, a priori, debería beneficiar a Robespierre y no perjudicar.
Se ha querido, sin embargo, en multitud de ocasiones, instalar la idea de que aquellos ejecutados fueron los nobles. No obstante, la realidad es que las cifras son tan masivas que simplemente es matemáticamente imposible que todos aquellos ejecutados hayan sido nobles. Es más, la gran mayoría, superando inclusive el 80 %, fueron aquellos pertenecientes a los estratos más bajos, para los cuales, en un principio, se llevó a cabo la revolución según estos revolucionarios.
El motivo de tantas ejecuciones es uno y único: oposición al pensamiento oficialista instaurado. Es aquí donde se entiende algo fundamental que, hasta el día de hoy, los gobiernos denominados populistas comparten: el pueblo no está conformado por todos los ciudadanos, ni por todos los nacidos, ni siquiera por todos los residentes. El pueblo se comprende única y exclusivamente por quienes defienden los mismos ideales a rajatabla que el gobierno central impone.
Por supuesto que, en el caso del Terror, eran circunstancias extremas, las cuales no se pueden comparar con los gobiernos populistas formalmente llamados hoy en día; sin embargo, la semejanza en el objetivo es clara.
Esta lógica inclusive se extendía hasta aquellos que en algún momento fueron aliados y hasta grandes amigos del gobierno, como aún sucede hoy en día. El caso más claro seguramente sea el de Dantón, que redactó en un inicio la Declaración de los Derechos del Hombre. Siendo que este, a inicios de 1794, consideraba que era necesario abandonar el Terror, puesto que los enemigos internos ya habían sido exterminados y se debía centrar en volver a las políticas normales de gobierno, algo lo cual Robespierre consideró, junto con el resto del Comité de Salvación Pública, erróneo, por lo cual se acusó a Dantón de sospechoso, se lo envió a juicio y, cuando parecía que su defensa podría haberlo salvado, se le prohibió la misma y se lo guillotinó junto a Camille Desmoulins, aquel que para muchos fue, en una primera instancia, uno de los mayores artífices de la explosión de la Revolución Francesa en un primer momento.
Otra característica, la cual podríamos asociar a Robespierre y que se mantiene en los gobiernos populistas actuales, es el hecho de constantemente prometer ideales los cuales nunca llegan. En la actualidad los gobiernos los buscan mediante políticas cortoplacistas que con el tiempo generan crisis. En aquella época, nuevamente, no estamos hablando de un populismo como tal y la política económica no se encontraba tan desarrollada, ni muchísimo menos se tenían las condiciones en Francia para llevarla a cabo, sobre todo teniendo en cuenta que los objetivos eran sociales y no económicos.
Por lo cual, todas estas promesas se basaban en aquellos ideales que, en un origen, dieron forma a la Revolución Francesa: libertad, igualdad y fraternidad. Pero claramente en ningún momento se alcanzó lo mismo durante el Terror, ni muchísimo menos.
Cabe entonces preguntarnos cómo es posible que el Comité de Salvación Pública haya sido capaz de justificar este accionar, siendo que en la práctica lograron todo lo contrario: una menor libertad, una menor igualdad, pues únicamente se contemplaban los derechos para los hombres, y se destruyó cualquier indicio de fraternidad al crearse una paranoia colectiva, dado que cualquiera podía ser acusado de sospechoso y, dada la ley vigente, terminar en la guillotina sin posibilidad de juicio.
Es aquí donde Robespierre presenta un informe a la Convención, el cual es fácilmente encontrable como Teoría del Gobierno Revolucionario. Voy a presentar a continuación un fragmento, el cual detalla muy claramente la forma en la cual Robespierre explica esto y el porqué, de esta manera, se justifica su accionar y explica en gran medida el asesinato también de Dantón.
“La finalidad del gobierno constitucional es conservar la República; mientras que la del gobierno revolucionario es fundarla.
La revolución es la guerra de la libertad contra sus enemigos; la Constitución es el régimen de la libertad victoriosa y pacífica.
El gobierno revolucionario tiene necesidad de una extraordinaria actividad, precisamente porque se encuentra en estado de guerra. Se halla sometido a reglas menos rigurosas y menos uniformes porque las circunstancias en que se encuentra son tempestuosas y variables, y, sobre todo, porque está obligado a utilizar incesantemente nuevos y rápidos recursos frente a nuevos y apresurados peligros.
El gobierno constitucional se ocupa principalmente de la libertad civil; y el gobierno revolucionario, por el contrario, de la libertad pública. En el régimen constitucional, es suficiente proteger a los individuos contra el abuso del poder público; en un régimen revolucionario, el poder público está obligado a defenderse contra todas las facciones que lo atacan.” (Robespierre, 1793).
De esta manera queda claro. El Comité de Salvación Pública puede no llevar a cabo políticas a fin de lograr los objetivos planteados por la revolución, pues no es su trabajo. Su trabajo es fundar la República y eliminar a los enemigos de la Revolución y, por eso, utilizará todos los recursos y el tiempo que sea necesario para cumplir con tal ardua tarea. Es por esto que, al oponerse Dantón a que continúe el Terror, fue acusado de sospechoso. Pues era alguien que se oponía al Terror y, como consecuencia, era enemigo de los ideales revolucionarios defendidos por los jacobinos.
Finalmente, como tercer apartado, quisiera analizar el lenguaje utilizado durante esta etapa, puntualmente dos términos fundamentales. El primero, el mote de “Incorruptible” para Robespierre. Este claramente busca enaltecer al líder, busca un personalismo, pues el líder debe encontrarse por encima del resto de la sociedad. Una característica que con el tiempo se ha perfeccionado, pues, si bien el líder sigue colocándose por encima de la sociedad, actualmente, en los populismos, el mismo se coloca como parte del pueblo: está por encima, pero a su vez es parte del mismo. Por otro lado, Robespierre únicamente se puso a sí mismo como alguien que está por encima, pero por esto es aquel que es más óptimo, pues es incorruptible; es incapaz de tocar un ápice de los recursos estatales para su propio beneficio, como también es completamente imposible que el poder sea capaz de corromperlo.
La segunda denominación que quiero detallar es la del Comité de Salvación Pública, también conocido como Comité de Salvación del Pueblo. El nombre busca dejar en claro que todo lo que se hace es por el pueblo, no es por un bien para aquellos que componen el comité. El comité tiene legitimidad porque es el pueblo hacia quien están dirigidas sus acciones, por el bien del mismo y, al ser parte del Estado, es el propio pueblo aquel que le da legitimidad. Por ende, es un ida y vuelta: el pueblo le da la legitimidad y ellos le hacen bien al pueblo, pues ese es su objetivo.
Con esto debe quedar algo claro, y es que el lenguaje político es absolutamente instrumental. Durante el Terror se utilizaron estos términos para demostrar que el gobierno era el óptimo y era necesario para la situación. Tanto con la Teoría del Gobierno Revolucionario, como con el mote de Robespierre como “el Incorruptible”, como con el nombre de Comité de Salvación Pública, nada es al azar, todo es premeditado. Inclusive hoy en día, los enemigos de los populistas y las divisiones que se hacen en la sociedad, por supuesto hoy mucho más pulidas y perfeccionadas, son herencia de aquel accionar.
A modo de conclusión quiero hacer dos cosas: un repaso en una primera instancia y luego una conclusión. Primero, entendamos lo siguiente: los jacobinos llegaron al poder, establecieron un régimen del Terror donde se exterminaba a todos los opositores con el propósito de establecer un pensamiento único y que el pueblo estuviera únicamente constituido por aquellos que estuvieran a favor o, por lo menos, que no resultaran problemáticos para los objetivos de la Revolución. Luego, el gobierno tiene legitimidad para hacer todas las políticas que van contra sus objetivos originales porque, simplemente, ese no es su trabajo. El trabajo del gobierno revolucionario no es otro que el de garantizar la estabilidad y la eliminación de los enemigos para la formación de una República estable, por lo cual tiene permiso de hacer y deshacer como le plazca. Y, finalmente, el punto que une todo lo anterior es el lenguaje, las palabras y los motes elegidos para darle legitimidad al gobierno frente a la sociedad general.
A modo de conclusión, quiero simplemente volver a recalcar que no estoy diciendo que sea un populista como los contemporáneos. Simplemente es un antecesor con similitudes, las cuales se encuentran mucho menos pulidas dada la época y el contexto en el cual existió. Sin embargo, queda claro que sus raíces inspiraron en gran medida el accionar populista. Si no, pensemos de la siguiente manera: es alguien que llega al poder prometiendo cambios que beneficiarán al común de la sociedad y a las clases bajas. A su vez, él y sus allegados buscan el bienestar del pueblo y son incorruptibles, si bien no se mencionan como parte de la sociedad común como sí se hace en la actualidad. A su vez, su gobierno tiene legitimidad para hacer lo que necesite, pues lo hace por sus objetivos, que van a beneficiar al común del pueblo, y todo aquel que se oponga no forma parte del mismo, sino que es un traidor y merece ser condenado. En aquel momento la condena era la guillotina; hoy en día es la persecución social y política que llevan a cabo los populistas de nuestros días.
Espero que este humilde artículo ayude a reflexionar al lector, no sobre Robespierre ni la Revolución Francesa, sino sobre la actualidad de la política internacional y ver qué tanto hemos evolucionado desde aquella época.

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